Domingo, 4 de febrero de 2007
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SOCIEDAD

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«El matrimonio es como un seguro de vida»
Dos parejas vascas explican sus razones para huir de los 'papeles', «aunque, al final, terminamos cayendo porque la sociedad te arrastra»
«El matrimonio es como un seguro de vida»
BARAKALDO. Inés y José Manuel, con Iraia. / FERNANDO GÓMEZ
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Carmen González tiene 40 años y los últimos 16 los ha compartido con José Miguel Diego, de 38. Son padres de dos hijos: Miguel, de siete, y Ana, de cuatro. Ella dejó su frutería para cuidar a los niños y él es transportista. Viven en Arrigorriaga «en pecado», ironiza Carmen: «No necesito ningún 'título de propiedad' para compartir mi vida con una persona».

-¿Por qué no se ha casado?

-Por una razón muy sencilla, porque no me ha dado la gana.

-¿Rebeldía?

-Quizás sí. El matrimonio sigue siendo como una imposición, un contrato que hay que firmar porque siempre ha sido así. Yo no quiero hacerlo, y no lo hago. Hay pocas cosas en las que una aún puede tener esa actitud.

Las razones de una pareja para afrontar la convivencia y la maternidad al margen del matrimonio pueden ser variadas. En unos casos se busca evitar «una imposición social». En otros, como el de Inés Bolaños y José Manuel Lorenzo, de Barakaldo, simplemente «lo dejamos pasar, por pereza, por evitar el rollo de organizar una boda y todos los gastos que implica». Hace un mes nació su hija Iraia.

Por delante les queda un camino que ya ha recorrido la pareja de Arrigorriaga. «A él no le hubiera importado casarse, e incluso me lo propuso», reconoce Carmen González. «Pero a mí nunca me ha atraído vestirme de blanco...». Es consciente, pese a la frase, de que se trata de algo más que un vestido. «Una boda puede ser o un rito religioso o un montaje para recibir regalos. Y yo ni soy religiosa ni me interesa hacer el paripé», dice tajante.

Ya sea por rebeldía o por coherencia, salirse de la senda marcada por siglos de tradición no es fácil, y las tentaciones son múltiples. «He ido muchas veces de compras con mi suegra, que aún no sabe cómo llamarme: nuera, novia... El caso es que, al final, siempre acabábamos en algún lugar cercano a una tienda de vestidos de novia. Incluso me llegó a prometer uno de Loewe si me casaba».

COTILLEOS

Carmen ya tuvo que escuchar cómo la acusaban de vivir en pecado, de ser una «adelantadilla», y sufre los interrogatorios sutiles de gente poco cercana que con diferentes estrategias trata de confirmar su estado civil. «Muchos, cuando se enteran de que no estamos casados, dicen, 'anda, pues yo te hacía casada y bien casada'. ¿Por qué? ¿Se te pone la cara diferente o algo? Yo respeto a quien se casa y las convicciones religiosas de todo el mundo, y sólo pido que también me respeten a mí».

Además de habladurías y cotilleos, hay más piedras en el camino, «sobre todo cuando tienes que enfrentarte a la burocracia y ponerte a dar explicaciones. Tuvimos problemas para empadronar a Ana en Arrigorriaga, porque nació en Cruces. Y, cuando nació Miguel, se retrasó mucho el Libro de Familia. Nos dijeron que era más lento porque ni estábamos casados ni éramos pareja de hecho». Al final, «hemos pensado hacer una pequeña ceremonia para formalizar esto».

-O sea, van a casarse.

-Sí. En primavera. Lo hará un concejal que tiene un restaurante y se celebrará en el jardín del local.

-Han cedido a la presión.

-Esto es como el consumismo: al final, todos acabamos consumiendo, terminamos cayendo porque no estamos preparados y la sociedad te arrastra.

-¿Cómo es eso?

-Se trata de ser prácticos. Es como un contrato. Si ahora le pasa algo a mi compañero, nos quedamos con una mano delante y otra detrás. Aunque suene duro decirlo, el matrimonio es como un seguro de vida: si le pasa algo, los pequeñajos y yo estaremos cubiertos.

Los dos pequeñajos están en la cocina y a ratos escuchan educadamente los razonamientos de su madre. «Miguel ya me dijo que no quería boda, que si nos casábamos él no vendría». El niño no parece interesado en el asunto y lo despacha con un «yo estoy bien como estoy», mientras Ana canta una canción de Paulina Rubio.

PEREZA Y GASTOS

En la localidad vizcaína de Barakaldo, Inés le da el pecho a Iraia mientras se mantiene en sus trece: «Casarme sigue sin estar en mis planes. Ni me apetece, ni nunca me lo había planteado, ni me gusta una ceremonia en la que voy a ser el centro de atención». Y eso que José Manuel, con el que convive desde hace año y medio, es su pareja desde hace cuatro y lo conoce desde hace doce: «Me lo pidió en su día. Lo hablamos, pero lo fuimos dejando, tanto por pereza como por los gastos». Ella tiene 35 años y cubre una baja en Osakidetza como técnico de radiodiagnóstico. Él, con 32, es pintor, aunque sufre periódicas temporadas de paro. Por eso, dicen, afrontar una ceremonia al uso les supondría un serio quebranto económico. «Para nosotros, es como si estuviésemos casados».

Con todo, a Inés y José Manuel aún les quedan por delante intensas jornadas de negociación, porque él mantiene que «aún estamos a tiempo de casarnos. Quién sabe, igual para el año que viene...».

Como suele ocurrir, desde el ámbito familiar las presiones también se suceden de un modo más o menos delicado. «Cuando le dije a mi madre que estaba embarazada se quedó de una pieza, me preguntó '¿y no te vas a casar?'. Y cada poco lo repite». Los amigos de José Manuel también reclaman una celebración, aunque con fines más festivos: «Lo que quieren es una juerga o, las chicas, comprarse un vestido... Me lo dicen de cachondeo».

Pero la cercanía de casos similares hace que Inés vea su situación como algo de lo más normal. «El año pasado han tenido hijos tres amigas mías y ninguna está casada ni piensan casarse».

-¿No temen que Iraia tenga problemas en un futuro por su situación?

-¿Por qué? Conocemos a gente con hijos mayores y nunca tuvieron ningún inconveniente. Además, la niña tiene un padre y una madre que se hacen cargo de ella. Tiene todo lo que necesita.

 
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