Viernes, 9 de febrero de 2007
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La llamada del muecín
EL CORREO visita hoy una mezquita en su día santo, el primer capítulo de una serie que también incluye a judíos y a ortodoxos
La llamada del muecín
Arrodillados. Un grupo de fieles musulmanes sigue las rakas (serie de rezos) en la mezquita bilbaína del barrio de Santutxu, un viernes, día sagrado del islam.
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Hombro con hombro, pie con pie, sintiendo en su carne el contacto de los otros, formando hileras compactas, cerradas. Juntos. Así rezan los varones musulmanes. Llama la atención esa proximidad física, obligatoria, igualitaria. Las mujeres, en otra dependencia separada por unas cortinas estampadas, mantienen ese mismo contacto carnal.

El murmullo de los rezos, la letanía del almuédano, las postraciones y genuflexiones, la grafía, las barbas y hasta las chilabas son, por así decirlo, una parte asimilada, conocida, del islam. Pero lo que más sorprende al visitante de la mezquita bilbaína Assalam (paz en árabe) es la carnalidad del rezo, la cercanía, la formación de un cuerpo único para la oración. Es más, antes de iniciar las series de rakas (ciclos de rezos), Rachid, el joven obrero de la construcción que oficia de imán, anima a los fieles a que se arrimen, a que formen hileras. «Así -resume el egipcio Ahmed El Hanafy- sentimos que estamos juntos». Tanto que los textos sagrados establecen que hoy los fieles no deben comer cebolla ni ajo.

Es viernes, día santo para los musulmanes. La mezquita Assalam, en el barrio de Santutxu, está pintada en blanco y verde y se abre en los bajos de unas viviendas obreras de los 60. Antes fue un taller. Hoy es un lugar de culto al que se llega tras trepar una empinada cuesta. A la entrada hay unas cajas de dátiles 'El Ferdaous' que los musulmanes picotean al llegar. En el tablón de anuncios se ofrecen clases de euskera. El lugar rezuma un aire de provisionalidad. La mezquita es nueva y está en obras. Obras que realizan en sus ratos libres los fieles, peones de la construcción muchos de ellos.

«¿Hamduli lah!»

Al llegar, los asistentes se saludan y se llevan la mano al corazón. «Shalam aleikum». Hay chilabas azules senegalesas, otras de algodón egipcio, zapatos a la moda y sudaderas rockeras. «Pero todos somos musulmanes y compartimos la misma creencia», explica Javier, vascomusulmán, un converso que dirige los rezos y que salpica sus frases de «Inch' Allah» (si Dios quiere) y «Hamduli lah» (Gracias a Dios). Luego se descalzan sobre una alfombra, colocan el calzado en un aparador y se dirigen a una pequeña sala de baño. Hay tres grifos industriales y su potente chorro se abre sobre una pileta de azulejos blancos. Comienza el rito. Se llama wudu (pequeña ablución). Mientras repiten la frase «Bismil-Lah» (en el nombre de Dios) se lavan, siempre en este orden, las manos hasta la muñeca tres veces, se enjuagan la boca tres veces y se limpian los dientes con el dedo, aspiran agua que sostienen en el cuenco de su mano derecha por la nariz y se suenan tres veces, se lavan la cara desde la implantación del pelo hasta el mentón y se peinan la barba (si la tienen) con los dedos tres veces, se lavan en tres ocasiones antebrazo y mano derecha hasta el codo... siguen con el otro brazo, con el cabello, con las orejas, por dentro y por fuera, y con los pies. Orinar, defecar, tocar los genitales propios o ajenos, la salida de líquido seminal, expulsar gases o quedarse dormido, invalidan la purificación. «El viernes es un día especial. Antes de venir a la mezquita todos nos duchamos en casa, es el gusl, la llamada gran ablución. Luego, para venir a la mezquita, nos ponemos ropa limpia, nos perfumamos...», explica El Hanafy.

Unas barritas de sándalo colocadas en las jambas de las puertas tratan de expandir un aroma furtivo en la sala, recorrida por las corrientes. Cae la tarde. El instante en que no se distingue un hilo blanco de uno negro. Es el momento. El muecín, con las manos dispuestas sobre las orejas, entona la llamada a la oración. «¿¿¿Al-Lahu Akbar!!!» (Dios es el más grande). El grito resuena en la estancia y se extiende por el barrio. Los hombres, que permanecen acuclillados o sentados sobre la moqueta azulona de la sala de oración, se incorporan.

Se ve una pizarra con algunas palabras escritas en castellano y en euskera y una pequeña estantería con ejemplares del Corán. La corriente de aire hace oscilar las cortinas que ocultan de la vista a las mujeres, totalmente cubiertas a excepción de la cara y de las manos. Se oye llorar a un niño. Todas las miradas se dirigen ahora hacia el chej, el imán, que, vestido con una fina chilaba blanca con una capucha que cubre su cabeza, se sitúa junto al minbar, una especie de templete orientado hacia el sudeste, hacia la Meca. Muchos otros llevan también las cabezas cubiertas: con gorros de lana, con bonetes de hilo... también con beisboleras a las que han dado la vuelta para que la visera apunte al cogote. Javier se apresura a entregar una chilaba de la mezquita a un joven para que cubra con ella el adorno satánico, un manojo de llamas, que luce en su sudadera.

El imán empieza a recitar las suras del Corán y los fieles rezan, puestos en pie. Levantan sus brazos, con las manos extendidas, hasta la altura de las orejas y repiten el «Al-Lahu Akbar». A partir de ahora no pueden hablar entre sí ni desviar la mirada... el infractor perdería el shalam, la bendición. Hace frío, pero hay jóvenes con el pelo chorreando agua por la reciente ablución. Un hombre de edad se incorpora unos minutos tarde al rezo y ocupa su lugar en la última fila. Estar en las primeras, cuanto más delante mejor, es símbolo de fe. «Pero no todos llegan a tiempo. En los últimos años hemos logrado que las empresas den estas horas libres a sus trabajadores musulmanes, horas que recuperarán más tarde», explica Ahmed El Hanafy.

Al suelo, de rodillas

Hoy nadie que no sea musulmán puede penetrar en el recinto destinado a orar. Así que el visitante se queda en el arco de entrada, junto a la estantería de los zapatos. Tampoco se pueden tomar fotografías de frente a los orantes. Los fieles prosiguen sus salmodias. Cada ciclo es una raka. Los movimientos se repiten: primero se ponen en pie, luego la cabeza se inclina y mira al suelo; más tarde se incorporan y llevan sus manos a la altura de los oídos. Después el imán les pide que formen hileras. Juntan los hombros, se buscan los pies. Sigue la oración. Manos a la cabeza. Luego se las pasan por la cara. Otra serie de rakas. Al suelo, de rodillas, coordinados por las salmodias, con la frente tocando el suelo, los musulmanes se postran ante Alá.

Más tarde Rachid pronuncia su charla, el jutba. Al hablar, el imán mueve mucho las manos, gesticula, multiplica con sus gestos la fuerza de sus palabras. Cuando termina, Daud, otro converso, muy rubio y sonriente, traslada el jutba al castellano, convertido en lengua franca en esta mezquita de Bilbao. «Doy fe junto a vosotros y doy testimonio de que no hay más Dios que Alá... Toda innovación es un desvío y todo desvío conduce al fuego», dice. Luego presenta el tema. «El control del enfado y de la ira». Fuera se oyen los bocinazos de un camión de reparto. Daud, cubierto con una kufía (pañuelo) roja y blanca, habla de que refrenar la ira «y perdonar a los hombres es una seña del correcto carácter islámico». «El que hace lo contrario está cerca de Saitán, Dios nos proteja», dice. El vascomusulmán pone luego un ejemplo y presenta el comportamiento y las actitudes malsanas de Abu Bakri, el insultador, mientras alaba las bondades de la limosna y del autocontrol. «Líbranos de herir a nadie ni siquiera con las miradas», establece Daud.

Corro de albañiles

Tras el sermón prosigue el rezo, la repetición de las rakas en la estancia de paredes blancas y ventanas verdes. Al acabar, un hombre informa sobre la hora en que se celebrará la próxima oración (los rezos se rigen por el calendario lunar y por la salida y la puesta del Sol) y de la próxima visita a la mezquita del imán de Pamplona.

Finaliza la ceremonia, llamada asr, la de media tarde. Al salir los hombres descalzos conversan entre sí, en corros. Otros, como Faris, un albañil que llegó en patera a Almería, salen a la carrera.

«Como trabajo por mi cuenta cojo libre este día que, para mí, es sagrado», dice Abi, un argelino que vive en Las Arenas. «Aquí yo respeto a todo el mundo, hasta a los gays, cada uno es libre de hacer lo que quiera. Para mí la vida hay que vivirla y rezar, como me enseñaron mis antepasados», susurra. Las mujeres se reúnen con los esposos. Toman agua. Algunos grupos marchan para comer juntos.

«La casa de Alá es la mezquita y para venir a la casa de Alá hay que traer la mejor ropa», asegura Tarik, un joven moreno nacido en Casablanca que cubre su cabeza con un bonete bordado y luce una inmaculada chilaba blanca. «En casa, en el trabajo, en la mezquita, leo el Corán. Trabajo en una obra y cuando es la horuya de rezar buscamos un lugar limpio y tranquilo para lavarnos y rezar. Nos vamos a una esquina y hacemos nuestras oraciones. Todos nos respetan», asegura. «Esta es una mezquita con la persiana bajada, abierta a la sociedad. «Nos duele cuando aquí oímos que los musulmanes no quieren integrarse. Nosotros abrimos nuestras puertas a todos. Queremos ser puente entre estas dos culturas -protesta el egipcio El Hanafy- y no nos oyen».

j.mendez@diario-elcorreo.com

 
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