-¿Qué siente un juez cuando debe aplicar una ley con la que está en profundo desacuerdo?
-Tiene dos salidas: si la ley por su redacción da alternativas en su interpretación en el sentido de los principios de los que hablado antes, optar por ella, y si no es así en el Derecho Penal puede dirigirse al Gobierno para que promueva cambios. Pero en una democracia no es frecuente que esto suceda.
-Los médicos hablan de la necesidad de no implicarse emocionalmente con los enfermos. ¿Y los jueces?
-El juez tiene que captar la realidad. Ya decía don Quijote a Sancho cuando le nombró gobernador de Barataria: si alguna vez has de doblar la vara de la justicia, que sea por la caridad.
-¿Le ha temblado la mano alguna vez al firmar una sentencia?
-La posible duda o diferencia de criterio respecto de la calificación de un delito es un problema que aunque repercute en la pena, siempre se resuelve después de un debate. Lo que verdaderamente me ha preocupado siempre es que las dudas sean sobre la autoría. En el primer caso, el autor existe y se puede discutir si quiso lesionar a otra persona o matarla. El problema es cuando hay dudas sobre la autoría. Entonces, siempre hay que acudir al aforismo de que es preferible absolver a un culpable que condenar a un inocente.
-¿Le preocupa que los procesados, sea cual sea el veredicto, acaben convencidos de que se ha hecho justicia?
-La única preocupación que tengo es que la redacción de las sentencias que escribo las pueda leer cualquiera, como una novela o una noticia del periódico. Que las entienda, aunque no las comparta.
-¿Una justicia mal explicada es menos justicia?
-Una decisión mal explicada es intolerable: es una falta de profesionalidad. Las sentencias tienen que tener un gran contenido pedagógico, para el implicado y para toda la sociedad. Los conceptos abstrusos, los latines y otros artificios rebuscados no son buenos ingredientes para una sentencia.