Domingo, 11 de febrero de 2007
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VIZCAYA

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Macedonia de mundos
Una fotógrafa bilbaína crea fantásticos paisajes mediante la mezcla de frutas
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Karen Amaia echó primero mano de hortalizas y ahora tira de frutas para construir los paisajes fantásticos más frescos y raros. Esta artista bilbaína nacida en Holanda e hija de una alemana y de un 'tomatero' de Deusto deja volar de nuevo su imaginación por la naturaleza para trazar mundos surrealistas, rozando el absurdo, de formas extrañas y, sin embargo, muy parecidos a los reales. Conjuga la realidad y la ficción con tal sutileza que su colección de fotografías adquiere una gran verosimilitud mediante la ingeniosa mezcla de frutas.

Karen las manosea a su antojo para provocar una explosión cromática de indiscutible belleza. Con su juego, las jugosas uvas, naranjas, fresas, melones, limones, peras, manzanas, papayas, sandías y chirimoyas, y las secas almendras, avellanas, nueces y castañas parecen cobrar vida. Se convierten en árboles, colinas, montañas, lomas, valles, ríos, mares, lagos, soles, lunas...

Licenciada en Psicología, esta creadora levanta sus particulares 'pirineos' con cuatro enormes higos elevados sobre campos de peras y recrea un bosque de árboles de apetitosas uvas moradas que brota en cultivos de grandes sandías blancas iluminadas por la rodaja de un sol en forma de limón vespertino que se resiste a desaparecer.

Reproduce «una apacible noche» a base de peñas de sandías verdes a la luz de una luna creciente en contraste con la menguante que en forma de plátano ilumina unas sinuosas montañas de ciruelas; que, según «cómo se miren», pueden evocar cuerpos humanos desnudos. La artista acostumbra a jugar con la sensualidad. «La imaginación es libre», razona. Amante de la fotografía, declara su admiración por Van Gogh en el racimo de uvas blancas que a modo de árbol crecen sobre mangos bajo el sol.

«Atrevido»

A diferencia de las verduras, esta colección ha planteado más dificultades a su autora. Debido a las «formas redondeadas» de las frutas, ha tenido que agudizar el ingenio para acondicionar «mundos imposibles». Subraya el «atrevido» arco que traza con un plátano sobre lomas de mangos y que recuerda, a su juicio, la entrada a los parques naturales de Estados Unidos.

Aunque la mezcla de frutas es la base de la colección, sus composiciones incluyen piezas únicas. Se sirve de unos melones para evocar un mar del Caribe o de la piña para un palmeral. Karen invita a pasear entre montes de castañas, trepar por rocas de avellanas, bañarse en aguas rodeadas por valles de limones, caminar por lomas de papayas y conocer paisajes «marcianos» entre precipicios moldeados con cáscara de nuez y alumbrados por lunas de anacardos. Es lo que tiene el juego de Karen Amaia, que dice inspirarse en el surrealismo de René Magritte para recrear el absurdo y construir mundos imposibles con alimentos que los demás sólo pensamos en llevarnos a la boca.

 
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