La vida nos permite aprender que hay problemas que no tienen solución, sólo admiten disolución; para eso hay que propiciar que muden y se evaporen. Hablemos, por ejemplo, de una banda que enmascare su esencia homicida en nombre de elevados conceptos, lo cual es lo propio de los grupos terroristas. Se trataría de cómo dejar de ser terrorista y darse cuenta de que están siendo utilizados por quienes no pegan un tiro, pues el terrorismo puede calificarse también como un macabro 'método de influencia'.
En su libro 'La lógica del terrorismo', el profesor Luis de la Corte recoge como características de estos grupos el que sean 'excesivamente optimistas' (ilusos), que eviten juicios morales sobre las consecuencias de sus actos (inmorales), que descalifiquen las informaciones que desentonan con sus consignas y que algunos de sus miembros oculten datos a los demás compañeros para que no puedan cuestionar la eficacia o moralidad de las decisiones de sus dirigentes (manipuladores), que usen automáticamente estereotipos negativos sobre los oponentes (otra forma de autoengaño), que eviten en su seno la libre expresión de opiniones discordantes (patéticos). En suma, todo bastante deplorable si lo pudieran ver.
Las causas para la disolución de una organización terrorista, dice De la Corte, son varias. Una de ellas, muy principal, es el acoso a que se vea sometida por la fuerza del Estado de Derecho. Pero también los deseos de sus integrantes por recuperar «un cierto margen de vida privada, crear una familia, o llevar una vida normal», o cuando descubren que tienen más motivos para abandonar la banda que para permanecer en ella. Ciertamente «sólo se producirán intentos reales de abandonar la organización cuando exista el convencimiento de que aquélla no podrá castigar a los desertores» (o, más bien, rehenes desde una perspectiva personal).
Al margen de la falta de compasión y sensibilidad que enajena a los miembros de las bandas terroristas, al margen de sus miserias y de sus carencias de empatía, conviene que accedamos al sentido que tienen sus acciones para ellos mismos. ¿Hay posibilidades para que los terroristas de a pie abandonen no sólo las armas sino su cerrazón mental? Sin duda. Es preciso que todos, comenzando por las autoridades, les enseñen con suave firmeza la salida inteligente.