Dubai sube como la espuma a golpe de talonario. Pero allí no se mojan ni las dunas de arena roja que brillan como brasas por las mañanas. Lamentó la invasión de Irak y, aun así, mantiene excelentes relaciones con EE UU. Acoge templos religiosos de un sinfín de confesiones -incluida la católica- y, al mismo tiempo, permite que los empresarios arrebaten el pasaporte a los obreros asiáticos que trabajan de sol a sol. La prostitución es ilegal pero abunda, sobre todo de Filipinas. «La doble moral es alucinante, hay un submundo terrible», denuncia el joven vitoriano Javier Castro. La gran apuesta de Dubai es el turismo de lujo: hay carreras de caballos y torneos de tenis, una pista de esquí en mitad del desierto y un hotel de siete estrellas con techos de 22 quilates.