Domingo, 25 de febrero de 2007
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VIZCAYA

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Papá, mamá, aita y ama
Una familia vizcaína relata su experiencia con Ana, la niña a la que abrieron las puertas de su casa hace más de tres años
Papá, mamá, aita y ama
ENTREGA. Marisa y Antón posan ante el cartel de la campaña de promoción del acogimiento familiar. / MAITE BARTOLOMÉ
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Cuando la conocieron, en julio de 2003, era una niña de tres años y medio «con la seriedad de una persona mayor». Guapísima con su pelo rizado, pero «tenía una mirada muy dura». Aquel día Marisa y Antón hablaron poco -«apenas sabíamos qué decirle»- pero enseguida se dieron cuenta de lo que la pequeña esperaba de ellos. Al salir del centro de promoción del acogimiento familiar, le cogió la mano a Marisa y preguntó «¿me estoy portando bien?».

Ana es el nombre ficticio de la protagonista de esta historia real. Antes de aquel encuentro, vivía en un centro de la Diputación y tiene un hermano mayor que ha sido acogido por otra familia. Poco a poco fue conociendo a Marisa, a Antón y a sus hijas, que entonces tenían 12 y 9 años. Las niñas «reaccionaron muy bien, con naturalidad» cuando sus padres les dijeron que, en poco tiempo, iban a ser tres. «Les explicamos que, en cierto modo, somos unos privilegiados». Aunque los psicólogos les dejaron muy claro «que no buscaban una familia 'diez', sino una familia normal». Con sus carreras a la hora del desayuno, sus risas y sus broncas.

Los meses de entrevistas y sesiones de preparación les han ayudado mucho a vivir esta experiencia. «No te engañan, te dicen la realidad pura y dura. Que esto va a ser difícil y que tiene un componente de solidaridad, pero nada de compasión». Aquello les preparó, por ejemplo, para su primer fin de semana juntos. Ana no habló en todo el trayecto de Bilbao a Canfranc, con la mirada fija en la ventanilla del coche. «Ahora hay que ponerle un esparadrapo», bromea Antón.

Al principio, la niña se portaba demasiado bien. Formal, poco cariñosa. «Se notaba que era contención». Sentía que estaba en periodo de prueba y que en cualquier momento podía volver al centro. Cuando estrenaba ropa preguntaba «¿para mí sola?» Luego fue ella la que puso a prueba la paciencia de la familia. «Hacía lo que quería, no respetaba ni una norma. De la escuela llamaban un día sí y otro no». Al mismo tiempo, empezó a mostrarse más cariñosa. «Después de doce broncas, venía a darte un beso de buenas noches. Era como si pensara 'y si me porto mal, ¿seguiré en casa?'».

Marisa y Antón mantuvieron la disciplina. «Con cariño no se soluciona todo, hace falta firmeza», dicen los psicólogos que gestionan el programa, que ofrecen apoyo constante a los menores y las familias. «Estos niños tienen padres que les quieren, pero que no les saben cuidar». La «tensión» que Ana tenía por dentro estalló cuando se cumplió un año de su llegada a la casa. Le prepararon un pastel con una velita y se echó a llorar. «¿Qué pasa, ya me tengo que ir?», les dijo.

También lo pasó mal el día que en el colegio les pidieron fotos de su nacimiento y ella era la única que no tenía. «Al final conseguimos una de cuando era un bebé y la ha puesto en su habitación». Con el tiempo, ha entendido que tiene dos familias. Papá y mamá son sus padres biológicos, que la visitan periódicamente. Aita y ama -el euskera ayuda- son Marisa y Antón, que a veces se reúnen con la familia que acoge a su hermano.

Antes solía hacer preguntas embarazosas. «Nos decía '¿por qué estoy con vosotros?'» y le contestábamos 'nosotros te cuidamos'». Ahora está «más tranquila». Le ayudan sus nuevas hermanas, la bici, las horas que pasa jugando con la perra en la huerta. «Ha recuperado algo de candidez, la que no tenía a los tres años». Falta poco para que cumpla siete y le encanta jugar con carritos de muñecas. «Es más sociable, la gente nos dice '¿cómo ha cambiado!'. Ha ido encontrando su sitio», afirma Antón con orgullo. «Ir con ella al monte es una delicia».

Como la niña es negra, hay quien se le acerca y le habla muy despacio, «cuando entiende perfectamente el castellano y el euskera. Nació aquí», comenta Marisa. Cada vez hace menos preguntas, aunque queda una: «¿De mayor, con quién voy a vivir?». «De momento no hay previsión de retorno», responden Marisa y Antón cuando se les plantea la misma cuestión. «No pensamos en ello, si llega un día habrá que asumirlo».

Más información

Equipo de promoción del acogimiento familiar

94 447 07 37 / 94 447 69 62

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