Viernes, 2 de marzo de 2007
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OPINIÓN/ Puente de artista
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Los lectores están ya informados de la querella que Santiago Calatrava ha puesto en los tribunales contra el Ayuntamiento de Bilbao y las empresas constructoras de la pasarela de Isozaki que conecta con la del maestro valenciano. El demandante considera que el corte de un trozo de la barandilla para empalmar con el puentecillo que lleva a 'Isozaki Atea' y permite subir hasta el Ensanche con un considerable ahorro de tiempo y energía supone una lesión moral al derecho de la propiedad intelectual y exige que el Consistorio bilbaíno haga derribar la pasarela del arquitecto japonés y le indemnice con 250.000 euros por el sufrimiento moral (opción A) o bien que le paguen tres millones de euros (opción B).

El señor Calatrava argumenta en su demanda que él, además de arquitecto e ingeniero, es artista, lo que le sitúa un peldaño por encima de Dios padre en el Credo de la Misa Campesina: 'Creo en Vos/ arquitecto, ingeniero/ artesano, carpintero/albañil y armador'. Calatrava es artista, condición ante la que se achican los oficios menestrales, por mucho que la arquitectura y la ingeniería impliquen la realización de estudios universitarios.

Algo de esto parecía. Cualquiera de los oficios descritos tiene que ver con la realidad. Los desempeñan gentes que hacen casas, puentes, muebles o barcos, objetos que deben ser funcionales, servir para un uso concreto. Un artista es otra cosa. Un escultor, pongamos por caso, produce objetos cuya función es la mera contemplación.

Una escultura se puede usar como pisapapeles, pero no podremos quejarnos de su falta de funcionalidad o de su precio. Con las obras de Calatrava en Bilbao pasa lo mismo. La pasarela o el aeropuerto son hermosos, pero en la primera puedes romperte la crisma y en La Paloma, pillar una neumonía si vas en invierno a esperar a alguien.

El controvertido y 'picajoso' arquitecto Calatrava ha ganado una veintena de premios internacionales de diseño y 14 doctorados 'Honoris Causa'. Se lo decía un labrador de mi pueblo a un hijo a punto de cantar misa: «Hijo mío: cinco años de Latín, tres de Filosofía y otros cuatro de Teología y ¿mira que no saber ni aparejar la burra!». En Bilbao sólo necesitábamos un puente. O eso creía yo.

 
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