Domingo, 4 de marzo de 2007
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SOCIEDAD

REPORTAJE

EL GURÚ DE LA MODA VASCA
Feijoo exporta su ropa a 23 países y factura siete millones de euros al año
Feijoo exporta su ropa a 23 países y  factura siete millones de euros al año
ESPÍRITU 'FUNK'. Una joven supervisa una camiseta en el almacén central de Skunfunk, en Gernika, capital de un imperio extendido por 23 países, en tres continentes. / FOTOS: MAIKA SALGUERO
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Se llama Mikel Feijoo. Nació hace 38 años en Gernika. Y más de un millón de personas en 23 países diferentes, de tres continentes distintos, comprarán en 2008 alguna de las prendas que su firma de ropa diseña en la villa foral. Su historia recuerda a la de Amancio Ortega, el escurridizo creador del imperio Zara. Aunque mucho más joven, el 'Amancio vasco' es, como el gallego, un personaje tan atractivo como enigmático. Es el perfecto desconocido. Nadie diría que dirige un emporio textil llamado Skunkfunk.

Su firma facturó en 2005 más de siete millones de euros. El año que viene doblará su apuesta casi con seguridad. La empresa alimenta directamente a un centenar de familias y en plantilla hay trabajadores de casi una decena de nacionalidades. Skunkfunk, cuyo nombre procede de la fusión de una variedad de marihuana (skunk) y de un tipo de música (funk), es una pequeña torre de Babel con más de 700 sucursales en todo el planeta y una sede central domiciliada en un minúsculo pueblecito de la Reserva de la Biosfera de Urdaibai. Allí fue donde comenzó a gestarse el sueño 'funk', a partir de un escueto presupuesto inicial de sólo 20.000 euros.

Apostar por lo global desde lo local ha sido, en gran medida, el secreto del éxito de Feijoo. «Mucha gente empieza probando si su ropa se vende bien aquí para luego expandir el negocio. Yo tenía claro, desde el principio, que eso no suele funcionar. Así que nos lanzamos a conquistar Europa con una estrategia más ambiciosa. A la vista está que no nos equivocamos», asegura.

Al margen del rotundo éxito de la marca, sin duda, lo que más llama la atención del fenómeno 'funk' es el halo de misterio que envuelve la figura de su creador. Si uno introduce en el buscador Google el término 'Mikel Feijoo Elzo' encontrará sólo 12 referencias. Dos en castellano y el resto en inglés, alemán o portugués. No hay fotografías suyas ni en Internet ni en casi ningún medio de comunicación por especializado que éste sea.

Feijoo rara vez concede entrevistas. «No me gustan», se disculpa. Y aún no sabe muy bien por qué accede a abrir de par en par las puertas de su negocio a EL CORREO. Quizás la respuesta haya que buscarla en su recién contratado responsable de marketing, que le coloca la gorra con esmero para que el logo de Skunkfunk se vea bien en las fotografías que ilustran este reportaje. «No tengo nada que esconder, pero me gusta pasar desapercibido. Soy muy celoso de mi intimidad y me gusta ir a mi rollo», aclara el diseñador.

La cita con este diario es en el caserío donde todo comenzó, allá por 1996. Sólo hay una condición previa: no fotografiar ni desvelar el nombre del pequeño enclave en el que nació Skunkfunk. Feijoo no quiere ver violentada la tranquilidad que le proporciona este privilegiado rincón de Urdaibai: «No sabéis lo que es llegar de viaje de la ruidosa Hong Kong y bajarte del coche y no escuchar absolutamente nada. Sólo el silencio».

Es más, el exitoso diseñador atribuye al sosegado ritmo de la vida rural gran parte de su buena estrella. «Sin vivir aquí nunca lo habríamos conseguido. En esta casa -un caserón ahora en proceso de reforma, de dos alturas y con unos 200 metros cuadrados por planta-, hemos trabajado hasta quedarnos dormidos, hemos almacenado hasta 100.000 prendas y aquí empezamos a estrechar los lazos de nuestro equipo humano».

El joven mira a su perro y a su huerta y prosigue: «Es un sueño poder diseñar desde aquí. Esto no lo podíamos haber hecho en Bilbao, por ejemplo», insiste. «Tengo vecinos que todavía están en la segunda revolución industrial: no saben nada de e-mails, agendas electrónicas o Internet. Esto es un paraíso», asegura agitando sus manos, que sostienen un atlas de China, donde Skunkfunk fabrica parte de su ropa.

Seis idiomas y medio

Con todo, Feijoo, que odia la televisión y ama los trabajos del baserri y los paseos en moto o a caballo, pasa sólo cinco meses del año en su refugio secreto de Urdaibai. Los siete meses restantes los invierte viajando por todo el planeta. «Hablo seis idiomas (euskera, castellano, inglés, francés, alemán y portugués) y medio. El medio es el catalán, que aún no lo domino como quisiera», bromea, afable. Cada temporada engulle decenas de miles de kilómetros, aunque no siempre fue así.

Antes de fundar Skunkfunk, cubría básicamente la ruta Londres-Bilbao. Siendo un estudiante, traía ropa de cuero de segunda mano o prendas de encargo desde el Reino Unido. «Venía con la furgoneta cargada de camisetas de grupos y botas 'Doctor Martens'». Aún no había mercado común y pasar las aduanas era, muchas veces, un milagro. «Más de una vez me confiscaron la ropa», recuerda.

Licenciado en Historia Contemporánea, Feijoo es en realidad un autodidacta. Los conocimientos de diseño, patronaje y distribución que le han lanzado al estrellato los ha adquirido sobre la marcha. Por ejemplo, cuando estudiaba en Vitoria compartía piso con unos chicos que hacían ropa artesanal. «Se dedicaban al cuero y con ellos aprendí patronaje y otras muchas cosas...».

A mediados de los noventa montó una tienda en Gernika con un amigo, pero no tardó en vender su parte. Y con 20.000 euros frescos en el bolsillo se lanzó al verdadero desafío. Diseñó una primera línea de camisetas y la presentó en festivales, fiestas privadas y eventos de moda. La acogida fue inmejorable. Nacía Skunkfunk.

Año 1999. La firma se profesionaliza poco a poco. Las prendas todavía se fabricaban todas en España. La empresa se mantiene al margen de subvenciones o ayudas. Nunca las ha pedido: «Así no le debemos nada a nadie». El equipo crece y Feijoo sigue mostrando sus diseños en los rincones más 'cool' de Europa. «Me encanta viajar. Es una de mis pasiones. Y este trabajo, además de ser creativo, me permite estar en el ambiente cultural que me interesa, con las personas que quiero. La gente es muy jovial, aunque en la moda también hay mucho pedante», objeta el diseñador.

El nuevo siglo marca el camino hacia el olimpo de las marcas y Skunkfunk deja el caserío secreto para centralizar la distribución en un pabellón de 1.500 metros cuadrados ubicado en el barrio Txaporta de Gernika. Si algún lector se acerca por allí, no será capaz de localizarlo. No tiene cartel identificativo alguno. A simple vista parece abandonado.

Pero en realidad es un hormiguero que rebosa actividad. En su interior trabaja medio centenar de personas. Unas veinte se encargan del almacén y el resto de la fase de diseño y administración. El cuartel general de Skunkfunk resplandece de éxito. «Nunca fue mi objetivo llegar hasta aquí», dice Feijoo. No obstante, confiesa que su etapa como gurú de la moda tiene fecha de caducidad. «No me veo jubilado y en este negocio». Los viajes de placer, Urdaibai, la huerta, sus motos y caballos le esperan.

 
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