Como los yanquis afincados en Nueva York Marah encarnan la verdad del gran rock americano de épica springsteeniana, vetas soul y guiños folk, el fin de semana sacamos fuerzas de flaqueza para afrontar sus bolos de Bilbao (Kafe Antzokia, sábado) y Santoña (Tropicana, domingo). El primero fue un 'tour de force' sobrenatural, intenso, sangrante y desgarrador en el que el sudor de las testas de los presentes comprimidos y agitados salpicaba a los espectadores de al lado. El segundo resultó irreprochable, genial para quien no gozara el combate de la víspera, pero los de Filadelfia tocaron con otra actitud, sin tanta tensión y con los ojos más claros.
Ambos bolos duraron hora y media y en Bilbao hubo tres veces más gente: casi 500 personas. En formato sexteto, con una teclista que se tiñó de rubia en Santoña, Marah apretaron con falsos finales, cruzaron los mástiles de las tres guitarras y cantaron al unísono alredededor del mismo micrófono con una rabia positivista que les lleva a entonar con dientes apretados. Su líder, David Bielanko, asegura que todos sus bolos son a vida o muerte, pero lo cierto es que se la jugaron más en el Antzokia y que en el Tropicana tenían red. No en vano, en Bilbao el hermanísimo Serge Bielanko bajó con la armónica entre el público y acabó a hombros de un fan, mientras que en el Tropicana se paseó sudoroso y acarició cariñoso la faz a una beldad de la primera fila.
Fuerza y ternura, autocompasión y esperanza atesoran las composiciones de Marah, que en directo medran lo indecible. Tanto que ya no pinchamos sus CDs porque son incapaces de capturar la energía pura, la pasión irreprimible y el espíritu del rock and roll que estallan en sus vivos. Los ves y dan ganas de llorar. Oyes canciones como 'Sooner Or Later' y te sientes un privilegiado en la cima del mundo. Rematan con 'Let's Dance' de los Ramones y sabes que ha sido una fiesta.