En una ciudad donde conviven cientos de miles de ciudadanos, la calle viene a ser como la escuela de la vida y las aulas de esa escuela son los transportes públicos, donde se pueden ver los diferentes tipos de alumnos de acuerdo con sus correspondientes comportamientos. El aula que yo frecuento asiduamente es el metro, y a lo largo de mi vida como alumno he tenido ocasión de ver, y aun de clasificar, gran variedad de comportamientos.
Una de las cosas que siempre me han chocado, es la querencia de los clientes -es la denominación que nos da la empresa- por viajar mirando hacia el sentido de la marcha. No sé de donde ha nacido la suposición de que hay peligro de marearse viajando al revés -sobre todo las viajeras- y las hay que, si se sientan al revés, cambian de asiento rápidamente en cuanto ven libre el de enfrente. Yo dudo mucho que sea cierto eso del mareo, porque la mitad de los asientos están colocados de espaldas a la marcha y en mis once años de usuario del metro, no he visto marearse a nadie.
En las normas que incluyen los derechos y deberes de los clientes -expuestas en todas las estaciones- están previstas todas las contingencias menos una, aunque hay una prohibición que me resulta chocante. Dice que está prohibido viajar llevando animales, cualquiera que sea su tipo y tamaño (exceptuando los perros lazarillos o de vigilancia) y yo me pregunto; ¿Están incluidos también los piojos y las pulgas?
Pero en esa lista de prohibiciones me he dado cuenta que falta una que diga: «Se prohíbe hablar groseramente en voz alta». Digo esto, porque hace unos días tuvimos que soportar a un majadero hablando por el teléfono móvil y con una voz que se oía en medio vagón. Por lo visto le habían contratado para hacer alguna obra en un convento o colegio de monjas y la superiora al parecer, con cierto sentido práctico, pretendía que le hiciera alguna tarea que no correspondía a su cargo.
El tío aquel se desahogaba contándoselo a un colega en voz alta, y dedicando los mas zafios epítetos a la madre superiora y al resto de las monjas, sobre todo a la superiora a la que envió varias veces a esa región anatómica donde la espalda pierde su casto nombre, ya me entienden. Digo yo que este tipo de individuos no debieran viajar en un transporte publico. Debieran viajar en un carro y, a ser posible, tirando de él.