C Francisco Arias es un hombre de acción. Por eso, reconoce que «lo bonito» de su colección «es ir a buscar» las piezas. Y para ello, no puede quedarse sentado. Tiene que moverse, y mucho. Sabe muy bien qué es eso de sudar la gota gorda y de pasarlas canutas. Recopila minerales, pero no lo hace sólo por las ferias. Es de los que coge carretera, manta y casco (claro está) y se mete hasta en minas abandonadas con tal de conseguir buenos ejemplares. Así ha conseguido reunir su tesoro: unas 3.000 piezas, «aunque en realidad no las he podido contar», aclara.
Lleva desde los 15 años con esta afición. Ahora tiene 49. «Empecé de chaval, cuando paseaba por La Arboleda», en Trapagaran, recuerda. En su larga trayectoria como coleccionista ha vivido experiencias de todo tipo. Algunas divertidas y otras no tanto, aunque se ría al contarlas. «Una vez, me quedé enterrado hasta el cuello», alerta. Estaba con un amigo en una vieja mina de Burgos. Habían excavado un agujero de dos metros de profundidad para conseguir bolas de cuarzo. De pronto, se les vino encima la tierra. Ocurrió hace quince años. Hoy, el mineral está en su estantería.
Un ámbar de 40 kilos
«Encontrar algo bueno es complicado. Tienes que ir a galerías antiguas», argumenta. Por las que no haya pasado nadie. «Mejor si su entrada es apenas un agujero y tienes que abrirla tú», confirma.
-Pero eso requiere mucho tiempo...
-En alguna ocasión hemos tardado meses en conseguirlo, pero ahí está el asunto.
Precisamente, de estas excursiones con «otros cinco chalados» como él -sus amigos José Ramón, Félix, José Antonio, Iñaki y José- ha sacado sus mejores piezas. Una es un trozo de ámbar «de cuarenta kilos», que extrajeron de las minas de Reocín, en Cantabria, que hoy ya están cerradas. Aunque el peso de esta resina no es ningún récord. Arias ha llegado a regalar un trozo de cuarzo ¿de sesenta!
Asegura que no puede elegir ninguna pieza de todas las que tiene, que todas le gustan y todas tienen su historia. Sin embargo, atesora algunas que son muy particulares y casi únicas. Por ejemplo, una blenda caramelizada de Áliva, en los Picos de Europa, un yacimiento al que ahora el Servicio de Protección de la Naturaleza de la Guardia Civil (Seprona) ha prohibido acceder.
«La verdad es que tengo minerales de toda España. Habremos dado la vuelta a la Península tres o cuatro veces recorriendo las minas», presume este empleado en Arcelor (la cosa «va de hierro»). También tiene materiales de China, Estados Unidos, Alemania..., aunque ésos se los han «regalado o cambiado» en ferias de minerales.
Y, por supuesto, tiene ejemplares del mismito Bilbao. «Conseguí un cuarzo en Enekuri cuando hicieron la rotonda hace trece años», cuenta. Ahora ha descubierto toda una mina en Miribilla: «La gente no sabe lo que hay ahí».