Hoy se celebra el Día Mundial del Consumidor. Dedicamos así un homenaje al 15 de marzo de 1962, día en el que el presidente J. F. Kennedy, en un mensaje especial dirigido al Congreso estadounidense, proclamó la primera carta de los derechos del consumidor. Desde entonces, nuestro ordenamiento jurídico ha ido incorporando en su legislación estos y otros, más avanzados, derechos del consumidor, que hoy en día gozan en nuestra sociedad de una defensa prioritaria y son irrenunciables. Así, por ejemplo, la Comunidad Autónoma del País Vasco cuenta desde 1981 con un Estatuto del Consumidor que garantiza estos derechos.
El 'consumerismo', un movimiento social internacional articulado alrededor de aquella histórica fecha, y cuya expresión más visible son las organizaciones de consumidores, ha trabajado por defender y expandir los derechos, el poder y la influencia de los consumidores a la hora de relacionarse con las empresas. Su misión esencial, en un principio, es la de defender al consumidor como comprador de bienes y servicios. Y esto es así porque todavía las actividades de márketing de muchas empresas generan fraudes, abusos y engaños en productos, precios, publicidad o distribución contra los que hay que actuar.
Los 'consumeristas' no podemos olvidar que empresa y consumidor tienen muchos intereses comunes, pero también áreas en las que existe un inevitable conflicto desde el momento en que si uno gana poder lo hace a costa del otro. Y, sin duda alguna, en el mundo del consumo la parte más débil son los consumidores. De manera muy acertada, un proverbio chino afirma que «el comprador siempre necesita mil ojos, mientras que el vendedor sólo uno». Por eso, la protección frente a prácticas comerciales llevadas a cabo de forma fraudulenta, abusiva o engañosa y el acceso a la justicia son elementos esenciales para equilibrar una posición de inferioridad estructural del consumidor frente a los productores de bienes y servicios.
Mientras esto sucede, hay gente dentro del sector empresarial que sigue creyendo que la invisible mano de la competencia y de la libertad de mercado es todo lo que se necesita para servir a los intereses del consumidor de forma adecuada. No entienden que la respuesta 'consumerista', en su esencia más genuina, no constituye simplemente un planteamiento regresivo respecto a determinadas formas de entender y practicar la relación empresa-consumidor, sino que es toda una llamada de atención para que incrementar la calidad de vida y tener en cuenta los intereses sociales de los ciudadanos no sólo sea lo prioritario, sino que además pueda ser compatible con el rendimiento a largo plazo de las empresas.
Así, con el tiempo, el movimiento consumerista ha pasado a reivindicar también la defensa de los intereses colectivos del consumidor en el escenario económico. En la relación de fuerzas interdependientes del triángulo empresa-Administración pública-consumidor, los 'consumeristas' consideramos que este último es, precisamente, el agente más débil. Los eurobarómetros, por ejemplo, muestran sistemáticamente que los consumidores piensan que la UE ha prestado hasta ahora mucha atención a las empresas y poca a los consumidores. Por eso, trabajamos por la evolución de los marcos económico, social, político y legislativo en favor de los intereses colectivos del consumidor. La creación en nuestro país en 1990 del Consejo de Consumidores y Usuarios constituyó un importante reconocimiento de esta nueva dimensión del esfuerzo 'consumerista', al garantizar el derecho a la representación, consulta y participación de los consumidores en la toma de decisiones de políticas públicas que les afecten.
El movimiento consumerista ha empezado a preocuparse, además, por el consumidor como ciudadano del mundo. La preocupación por las crecientes desigualdades sociales en el acceso a la calidad de vida es una nueva dimensión de nuestra actividad, que expresa la voluntad de poner en tela de juicio la finalidad del desarrollo económico para saber integrar en el mismo las preocupaciones sociales de los ciudadanos. Algunos nos critican entonces con el argumento de que actuamos muchas veces a niveles políticos, mientras que las empresas lo hacen a niveles más básicos y más específicamente relacionados con la interacción comprador-vendedor, que muchas veces criticamos a las empresas por problemas que ellas no han creado y que, además, escapan a su control. El 'consumerismo' moderno no entiende ya esta diferenciación. Para nosotros son las empresas las que finalmente eligen si sus estrategias y actividades deben tener en cuenta consideraciones éticas y sociales. La amplia aceptación que el concepto de la responsabilidad social corporativa está teniendo en la moderna gestión de empresas nos indica, a todas luces, que nuestra crítica ha calado hondo.
Hoy, 15 de marzo, constatamos que en nuestra sociedad el 'consumerismo' ha insuflado en el consumidor-ciudadano una corriente de aire fresco para hacerle recuperar su papel de protagonista en el mercado, para transformarlo en sujeto activo del desarrollo de la sociedad y de las responsabilidades que el consumo tiene en la vida moderna. Las posturas empresariales que no estén en consonancia con los intereses del consumidor no harán sino incrementar la hostilidad de los mismos y erosionar la confianza en la capacidad de nuestro sistema económico para servir a la sociedad de forma eficiente. Las empresas han contribuido al bienestar social, pero la sociedad espera más de ellas y sólo aquellas empresas, sectores o instituciones que afronten y sepan gestionar y resolver adecuadamente estos problemas serán los que sobrevivirán.
Como acaba de afirmar Meglena Kuneva, la nueva comisaria europea de Protección del Consumidor, los consumidores son capaces de propiciar una revolución si se lo proponen: «Sólo hace falta que sean conscientes de su poder».