Domingo, 18 de marzo de 2007
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SOCIEDAD

REPORTAJE

EL ARTE DE HACER DINERO
El Guggenheim dejó en Euskadi 233 millones en 2006, más de lo que costará la torre de Iberdrola
El Guggenheim dejó en Euskadi 233 millones en 2006, más de lo que costará la torre de Iberdrola
EN MARCHA. Cerca de nueve millones de personas han visitado el museo Guggenheim desde su inauguración, hace diez años. / BERNARDO CORRAL
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EL CORREO

VIVIR V Anne Swardson, corresponsal en París del diario 'The Washington Post', acompañaba su ensalada de mediodía con un vino blanco, que bebía a pequeños sorbos en una terraza de Bilbao. La curtida periodista estadounidense sabía que en ciudades como Pittsburgh y Cleveland habían apostado fuerte por centros culturales para reparar los rotos de la crisis industrial. Pero aun así se asombraba de la fe que las instituciones vascas habían puesto en el Guggenheim para reavivar el pulso de un ciudad alicaída. «¿Seguro que un museo puede ayudar de esa manera a la recuperación económica?», se preguntaba la reportera, mientras buscaba una postura en la silla metálica para que el tibio sol de octubre se posara en su rostro.

Han pasado casi diez años desde aquella mañana de otoño de 1997 y el edificio de Frank Gehry ha logrado el objetivo de situar a Euskadi en el mapamundi. Las previsiones que se manejaban entonces -400.000 visitantes al año según los más optimistas-, se han quedado en una anécdota de sobremesa comparados con el millón en el que, más o menos, se ha estabilizado la asistencia. De ellos, sólo el 10% vive en el País Vasco, el 60% viene del extranjero, e incluso los catalanes, con un 11%, ganan a los lugareños en la liga de las visitas al Guggenheim. Si el museo tiene este magnetismo entre los foráneos, ¿qué tipo de negocios se benefician de esta afluencia?

Gastronomía, compras, alojamiento, transporte y ocio, por este orden, se reparten los 233 millones de euros que se han gastado los visitantes al Guggenheim en 2006, más de lo que costará la torre de Iberdrola en Abandoibarra (200), el nuevo San Mamés (entre 180 y 200) o el doble de lo previsto para la puesta en funcionamiento del tranvía de Vitoria (100).

Según los datos del museo ratificados por la Diputación, este desembolso «engordó en 29 millones las Haciendas vascas», sobre todo la vizcaína, y «contribuyó al mantenimiento» de 4.232 empleos. Es más, en los diez años que lleva abierto, la riqueza provocado por el Guggenheim asciende a 1.636 millones de euros.

Habitaciones baratas

El secretario general de la Asociación de Hostelería de Vizcaya, Angel Gago, no quiere escatimar la aportación del museo como «recurso turístico», si bien añade que «sería injusto olvidar los congresos del Euskalduna, las ferias del BEC y la propia oferta gastronómica y de ocio. Hay también un factor que pocas veces se menciona: el incremento de la actividad económica durante estos años».

Las encuestas del Guggenheim dicen que el 70% de su clientela se acerca a Bilbao exclusivamente por el museo. Los establecimientos hoteleros se han doblado en Vizcaya entre 1997 y 2006 (de 89 a 169), lo mismo que sus clientes, un crecimiento que ha sido menos pronunciado en Álava y Guipúzcoa. Sin embargo, no todo es saludable en este panorama. El sector ha alertado de la sobreoferta de servicios y de los bajos precios que se pagan de media por una habitación en Bilbao (60 euros), en referencia a otras ciudades como Barcelona (100) y La Coruña (85). Por si fuera poco, y según datos de la misma asociación a la que pertenece Gago, el 70% de los restaurantes cierra los domingos por falta de clientes.

Un factor que influye en esa escasez de clientela, dicen los hosteleros, es la obligación legal de cerrar las tiendas los domingos. El callejeo turístico es una combinación de compras y paradas en los bares, como muestran los casi 53 euros que se gasta de media un turista en aperitivos, léase pinchos y bebidas. Con los locales de ropa y recuerdos cerrados, la circulación de turistas se resiente.

Jon Zarate, gerente de Bilbao Centro, asociación que aglutina al comercio de Indautxu y el Ensanche, nota el efecto positivo del Guggenheim y dice que, «un buen sábado», los clientes derivados del museo pueden llegar a ser 25 de cada 100 en una tienda. «Partíamos de cero, así que a poco que vengan se nota enseguida. Éste es el tercer año que hemos organizado clases de inglés y francés para atender a los turistas adecuadamente, y la verdad es que están llenas. Será porque los comerciantes han visto esa necesidad de aprender».

Cuando el Guggenheim publicó sus primeros datos de asistencia, al final de 1997, el impacto fue mayúsculo. En las diez primeras semanas habían entrado 260.000 visitantes. Las expectativas de negocio brotaron con la misma fuerza, pues se pensó que tal número de gente tenía que constituir, por necesidad, un mercado apetecible. Las grandes marcas comenzaron a pagar alquileres de quedarse lívido por locales en la Gran Vía (116.000 euros al año por 90 metros cuadrados), aunque La Perla, especializada en ropa interior de lujo, y Calvin Klein tuvieron que cerrar en 2005. No les salían las cuentas.

Mabel Andreu abrió Basandere, tienda especializada en artesanía vasca, en 1998. Está situada al final de la calle Iparragirre, muy cerca del semáforo por el que se cruza a la explanada del museo, de modo que por su puerta pasa la práctica totalidad de quienes van al Guggenheim o vienen de él. «Que conste que yo no pongo en duda las cifras del museo. Pero sí debo decir que esperábamos un turista de nivel medio-alto, y la verdad es que esos vienen con cuentagotas. Para nosotras, las expectativas eran altas y en cierta medida se han convertido en un espejismo. Hay mucho turismo joven y de gente común y corriente, que como mucho te compra un txapela», explica.

A ella también le gusta viajar y no le cuesta nada ponerse en los zapatos de gran parte de ese 60% de extranjeros que tiene que pagarse el viaje, el alojamiento y la comida: «El esfuerzo se hace ahí. El que más dinero deja es el hombre o la mujer de negocios que saca un rato para acercarse y no mira el precio de una joya». El pasado año, 2006, no fue bueno para Basandere y sí para el Guggenheim. «Si nos mantenemos es porque, modestamente, nos hemos hecho un nombre entre la clientela bilbaína», precisa.

A Bilbao se viene atraído por el Guggenheim; a San Sebastián, por la ciudad entera. «Estamos en una época de turismo de marcas y éstos son los dos productos que ahora funcionan en el País Vasco», considera Roberto San Salvador, director del Instituto de Estudios de Ocio de la Universidad de Deusto. A estas dos atracciones se suman ahora el turismo del vino y gastronómico, y también el religioso, centrado en Loyola y Aranzazu, apunta San Salvador.

La Autoridad Portuaria se anuncia en los mercados internacionales con la imagen del Guggenheim, y en agosto del pasado año atracó en el muelle de Getxo el espectacular Queen Elizabeth II. Por su parte, el gerente del Palacio de Congresos Euskalduna, Jon Ortuzar, constata que el centro artístico aporta un gran valor para atraer convenciones y reuniones.

Pero la fuerza del museo no se agota en la capital vizcaína. El director-gerente de San Sebastián Turismo, Manu Narváez, no ha registrado un incremento significativo de visitantes en su ciudad a causa del Guggenheim, pero tampoco renuncia a su efecto. «Nuestro mercado es muy maduro y estable, con muchos años de historia. Pero el museo nos ha permitido entrar en el mundo anglosajón con un icono muy poderoso. Mucha gente pregunta en la oficina cómo ir a Bilbao. Nosotros lo presentamos como un aliciente».

La publicidad turística de Álava también usa como gancho la imagen del edificio de Gehry, por supuesto sin renunciar a la catedral de Santa María y a las rutas del vino, dos de sus más rentables atractivos, si bien a los extranjeros que llegan en los aviones de Ryanair les suena más el museo de titanio. «Álava se ha convertido en una de las puertas de entrada al Guggenheim. Nosotros nos hemos beneficiado de él, pero seguro que Cantabria también», argumenta un portavoz de la Diputación alavesa.

El fiasco del galerista

En una localidad de este territorio, Elciego, se inauguró el pasado octubre un hotel de 32 habitaciones dentro de las bodegas Marqués del Riscal, diseñado también por Gehry. El establecimiento, que se llena los fines de semana, se divide al 50% entre extranjeros y españoles. «Los primeros llegan en avión por Bilbao y visitan el Guggenheim, mientras que los nacionales vienen atraídos por el turismo del vino», precisan en el hotel.

Las encuestas del museo, a partir de las cuales se elaboran los datos de impacto económico, afirman que sus visitantes se gastaron en «cines, teatros, visitas a otros museos...» 22 millones de euros en 2006. Lo cierto es que en las encuestas no se pregunta por las actividades específicas que caben bajo el rótulo 'ocio', y el sentido común indica que el 60% de los extranjeros rara vez irán a ver una película en español. En la consultoría que elabora los datos, Deloitte, asumen que ese gasto se produce más bien en «excursiones».

Entre los posibles beneficiados que se citaban en el primer plan del Guggenheim, en del apartado cultural, estaban los galeristas. Emilia Epelde y su marido inauguraron la sala Epelde y Mardaras en 2002 justo en frente del museo. Pagaban por el alquiler 1.500 euros mensuales y realizaron una veintena de exposiciones. Cerraron en 2003.

«Mantuvimos la clientela local de nuestra anterior galería, La Brocha. Por lo demás, creo que un dibujo de Zumeta se fue a Australia y otro a Canadá».

Según Emilia Epelde, los grandes beneficiados por el museo son los galeristas internacionales. «Las compras del Guggenheim siempre te remiten a los mismos, Larry Gagosian, Pierre Lévy, de Marlborough, o Bruno Bischofberger. Ahí está el negocio, en la primera división, en la venta a los museos».

El reparto de la culpa

La galerista no cubría gastos en Mazarredo y ahora trabaja en su casa-galería de la calle Jardines, en el Casco Viejo, y en grandes espacios como el mercado de la Ribera. «Sólo pido al Guggenheim que nos deje una sala minúscula para que la gente se entere de lo que hacemos». Pero Emilia Epelde lo dice sin demasiada convicción. Hace unos días supo que algunos de sus colegas han comenzado a conversar con el Guggenheim para vender obras de arte a los miembros de la asociación de amigos del museo. A ella no le han invitado. «Todos tenemos un poco de culpa», lamenta.

Un chiste dice que los bilbaínos van poco al Guggenheim, pero les gusta verlo mientras se dirigen a San Mamés. A los vizcaínos no les cabe duda de que el efecto del museo ha sido muy beneficioso. En una encuesta del Gobierno vasco publicada en 2004, a la pregunta de si creen que el turismo es un elemento de desarrollo económico y de empleo, un 69% contestaba que «muy importante»; un 26% que «algo importante» y sólo un 2% decía que «nada importante». Guipuzcoanos y alaveses se mostraban menos entusiastas. Antes del Guggenheim, esa pregunta por el turismo ni siquiera habría entrado en el cuestionario.

i.esteban@diario-elcorreo.com

 
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