Domingo, 25 de marzo de 2007
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VIZCAYA

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La ofensiva de Mola
A finales de marzo de 1937, las tropas fascistas lanzaron, con gran apoyo de la aviación alemana e italiana, un potente ataque sobre el frente norte, cuyo objetivo era la toma definitiva de Vizcaya
La ofensiva de Mola
DESTRUCCIÓN. Estado de una calle de Durango tras el bombardeo fascista. / EL CORREO
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En los primeros meses de 1937, Madrid se mantenía como una ciudad inexpugnable para los fascistas. El plan del general Mola por el que la capital debía de haber caído el 12 de octubre de 1936 se había saldado con un estrepitoso fracaso. La pertinaz resistencia de los madrileños obligó al mando militar rebelde a replantearse la estrategia de ataque. Y es que parecía inconcebible que, pese al gran número de tropas movilizadas en los aledaños de la capital, ésta resistiera de una manera tan obcecada. No cabía duda de que la guerra se iba a alargar más de lo previsto.

No obstante, la incapacidad de los sublevados para lograr sus objetivos no impacientó a sus aliados internacionales. Tanto Italia como Alemania aumentaron sus efectivos en España, a pesar de que juraban y perjuraban que nada tenían que ver en el conflicto español. Todo esto animó decisivamente al bloque fascista que, tras intentar tomar Valencia -sede del Gobierno republicano-, se lanzó de nuevo a la conquista de Madrid. Tras dos semanas de encarnizados combates, y a pesar de haber contado con más de 35.000 soldados italianos, la ofensiva republicana del 18 de marzo de 1937 convirtió la intentona, otra vez, en un fracaso.

A partir de ese momento, Franco miró hacia el País Vasco. Era hora de liquidar la resistencia en el norte. No sólo se castigarían las actitudes separatistas de los nacionalistas y se aplastaría un reducto de lealtad republicana, sino que podría ponerse al servicio de los rebeldes todo el tejido productivo y minero vasco. Hasta Hitler, con ganas ya de empezar a cobrarse la ayuda prestada, se las prometió muy felices, pues aquella ofensiva podía proporcionar una interesante vía de aprovisionamiento de hierro vizcaíno.

Para los estrategas militares fascistas, el frente norte ofreció una oportunidad única de poner en práctica un nuevo y moderno modo de hacer la guerra. Los ejércitos de tierra dejaron de tener la responsabilidad total en los ataques, como había ocurrido en la Primera Guerra Mundial, de manera que gran parte de la ofensiva pivotó en la fuerza aérea. Las nuevas teorías militares hicieron que el destino de Vizcaya se decidiese, en buena medida, en una reunión que mantuvieron el jefe de la aviación de los rebeldes, el general Kindelán, con importantes oficiales del Ejército alemán encabezados por el coronel Hans von Funck.

El acuerdo fue muy satisfactorio. La aviación rebelde contaría con el inestimable apoyo de la Legión Cóndor, comandada por el teniente coronel Wolfram von Richthofen, y la Legionaria italiana. A esto se le sumaría el apoyo de la artillería y, en tercer lugar, de las tropas comandadas por el general Mola, que estaban formadas por 30.000 hombres de la VI División, acuartelada en Burgos, además de 8.000 'flechas negras' transalpinos.

'Operación Bilbao'

Esta era la fuerza inicial. En la reserva, repartida por distintos acuartelamientos, quedaban más de 140.000 soldados, de los que se echaría mano en caso de alargarse la campaña en exceso. Con todo ello -aumento de los efectivos terrestres, refuerzo de la aviación y control del Cantábrico por parte de la Armada franquista-, el éxito debía de estar asegurado.

El nombre que recibió la ofensiva del norte fue el de 'Operación Bilbao'. El 23 de marzo comenzó el traslado de tropas. Muy pronto, los bilbaínos supieron de las intenciones de Mola. «He decidido terminar rápidamente la guerra en el norte -se podía leer en octavillas arrojadas desde el aire-. Se respetarán las vidas y haciendas de los que rindan sus armas y no sean culpables de asesinatos. Pero si la rendición no es inmediata, arrasaré Vizcaya hasta sus cimientos, comenzando por sus industrias de guerra. Dispongo de medios para hacerlo».

No era un farol. El poderío militar del general rebelde era impresionante. Los soldados del Ejército vasco no podían hacer otra cosa que esperar. El 31 de marzo se lanzó el primer ataque aéreo sobre Elgueta, Ochandiano, Elorrio y Durango para tomar los puertos de Urquiola y Barazar. El bombardeo sobre Durango fue durísimo. Durante media hora, aviones italianos -en un principio se pensó que habían sido alemanes- descargaron sus bombas sin discriminar objetivos. Todo un atentado contra la población civil que se saldó con 250 víctimas, entre las que se encontraron doce religiosas del convento de Santa Susana y más de una docena de niños. La Iglesia de Santa María quedó destruida por completo, lo mismo que la de los jesuitas. El caos fue total. Por vez primera la población civil era tomada como un objetivo militar. La guerra moderna había empezado dramáticamente en Durango.

En un gesto de cinismo, el bando rebelde atribuyó a los republicanos la mayor parte de los crímenes sobre los civiles. Esta hipocresía fue el preludio de la versión oficial que los fascistas habrían de dar sobre el bombardeo de Guernica. Sin embargo, para el Gobierno vasco, la población vizcaína y buena parte de los periodistas acreditados en el frente norte la verdad era otra. «Los autores de obra semejante -se pudo leer en el diario 'La Tarde'-, los autores de los bombardeos de Durango, de los crímenes de Durango, de los incendios de Durango, de la destrucción de Durango moral y materialmente, han sido los aviadores facciosos».

La ofensiva terrestre comenzó al día siguiente. Los combates fueron encarnizados. Los gudaris, resistieron lo que pudieron. Ochandiano cayó en manos de los fascistas, mientras el lehendakari José Antonio Aguirre reclamaba desesperadamente a Valencia el envío de ayuda aérea. La aviación alemana e italiana realizó un trabajo de cirugía bélica contra las principales posiciones defensivas del Ejército vasco. Poco se podía hacer para contenerles. Todo indicaba que abril sería clave para decantar la contienda. Los fascistas estaban empeñados en romper un frente que demostró ser mucho más sólido que lo que pensaban. El Ejército vasco, por su parte, tenía la consigna de resistir como fuera.

 
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