Jueves, 29 de marzo de 2007
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SOCIEDAD

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«La Policía me devolvía a los proxenetas»
Una antigua prostituta camboyana cuenta su experiencia en el documental español 'Mariposas del Mekong' La película desvela la trata de mujeres en el sur de Asia
«La Policía me devolvía a los proxenetas»
VÍCTIMA. Veasna Chan, ayer en Bilbao. / LUIS ÁNGEL GÓMEZ
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ATLAS DE LA PROSTITUCIÓN
Todas las cifras en torno al tráfico sexual son meras suposiciones, aunque existe la certeza de que se trata de un fenómeno de enormes proporciones.

Camboya, Laos, Vietnam, e Indonesia destacan entre los países proveedores, aunque también se mencionan Nepal y Uzbekistán.

Filipinas y China son dos ámbitos de emisión y consumo masivos, mientras que Tailandia actúa como centro distribuidor.

Malasia y Singapur, los Estados más prósperos de la región, son los destinos preferidos de los flujos de jóvenes. Le Roux habla de 'efecto aspiradora' para cientos de miles de chicas que son captadas cada año.

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Veasna Chan no se resignó. A pesar de las amenazas, de los malos tratos y de saberse prisionera en un país extranjero, esta muchacha camboyana de apariencia menuda y frágil intentó repetidamente huir de sus captores. «Lo más doloroso es que me forzaban a hacer cosas que no quería», recuerda. «Pero cuando me escapaba, la propia Policía me apresaba y me devolvía a los traficantes que me prostituían».

Entonces sólo contaba diecisiete años. Su pesadilla empezó en la frontera con Tailandia, en el puesto de comidas donde se había citado con una vecina. Como en otras ocasiones, le prometió un trabajo al otro lado de la frontera, posiblemente en el servicio doméstico. Recuerda que bebió algo, luego un largo viaje y el destino último, un hotel cerca de Kuala Lumpur, la capital de Malasia. Allí había otras doscientas compañeras que habían corrido la misma suerte.

Posiblemente, ella es la única que ha podido contarlo. Los directores Pedro Barbadillo y Carlos Ayuso han rodado el documental 'Mariposas del Mekong' para relatar la peripecia de Veasna, y ayer el primero presentó la obra en Bilbao. Tras descubrirla en Camboya, intentaron volver sobre sus pasos y rescatar a otras tres compañeras que la habían ayudado en el último y exitoso proyecto de fuga. «Calculamos que la empresa podía tener, en todo el país, más de veinte mil chicas».

Vendidas por familiares

Camuflados como 'spas', centros de masajes o balnearios, los burdeles proliferan en Malasia. «Pero la experiencia de Veasna es inusual», explica Barbadillo. Las jóvenes no suelen ser raptadas, sino vendidas por familiares o por otras personas cercanas o, tal vez, engañadas por los agentes que recorren las aldeas prometiendo un trabajo digno lejos de allí. «Todas las familias sueñan con el dinero y las mujeres son el único instrumento para conseguirlo».

Los traficantes las engañan aduciendo los supuestos costes del visado y otros trámites burocráticos, y ganan definitivamente su voluntad a través de las drogas. «Antes de empezar a ejercer, se las convierte en adictas a la heroína y otras drogas sintéticas», señala Pierre Le Roux, sociólogo especializado en el tráfico sexual y colaborador de la producción.

Los proxenetas se valen de procedimientos como el uso de circuitos cerrados de televisión para vigilarlas o los castigos físicos. Veasna indica que fue colgada cabeza abajo, azotada con cinturones y golpeada contra los muebles de la habitación sin ventanas en la que se hallaba confinada.

Las esclavas sexuales no están destinadas a los turistas occidentales. Estas prostitutas satisfacen a su pesar el consumo carnal asiático. «Cada viernes, tras orar en la mezquita, los clientes forman colas de 30 kilómetros hacia la oferta erótica que proporciona una población de la frontera tailandesa».

Los burdeles de Singapur y Malasia se han convertido en un reclamo para hombres de negocios locales, japoneses, chinos, coreanos e incluso saudíes, llegados ex profeso en vuelos charter y ávidos de sexo. Las vietnamitas, jóvenes y de piel más pálida, resultan las más cotizadas.

El investigador silba cuando se le pregunta por las cifras de este mercado. «Todas las estadísticas que se manejan, ya sea desde Naciones Unidas o las ONG, son falsas, producto de rumores no fiables», admite. Por eso pretende crear un observatorio que evalúe críticamente la magnitud del comercio.

A los veintidós años, aproximadamente, las traficadas pierden su encanto púber, tan apreciado por la clientela. Entonces, algunas regresan a su tierra, pero muchas desaparecen y otras incluso se integran en la vasta estructura de este negocio. «Porque ocupa a muchos agentes, desde las mafias chinas, las tríadas, hasta la 'madame' amateur que encubren su oficio bajo la apariencia inofensiva de una peluquería».

 
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