Dos épocas marcaron la evolución de las nueve cofradías bilbaínas. La primera se remonta a los años 40 y 50. Con la posguerra llega el periodo más floreciente de las hermandades. Se reanudan las procesiones y el número de cofrades incluso triplica los existentes hoy en día. El régimen instalado lo alentaba. Los bares, el cine o el teatro cerraban sus puertas hasta el Domingo de Resurrección, por lo que la opción era clara. «Además, se vivía la religión de otra manera. Quizá impuesta, pero mucho más 'devota y fervorosa'», explica la historiadora Mª José Lanzagorta.
El punto de inflexión se fraguó en los setenta y explotó diez años después. El motivo vuelve a ser social. Las cosas cambiaron bastante en la Iglesia después del Vaticano II, y la práctica religiosa empieza a ser más relajada. El poder económico de las familias ha subido y las vacaciones de Semana Santa copan las preferencias de los ciudadanos. La gente empieza a salir de sus ciudades y Bilbao no fue una excepción. Tampoco los jóvenes eran como los de antes. La libertad que empieza a palparse afecta a la religión y, por tanto, a las hermandades. En la capital vizcaína hubo cofradías que llegaron a salir en procesión con tan sólo dos cofrades, pero se mantuvieron ahí, hasta que llegaron tiempos mejores.