Jueves, 12 de abril de 2007
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Doña Necesidad
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Recuerdo un viejo cuento que aprendí de niño y que llevaba por título 'Doña Necesidad'. Refería la historia de una niña a la que su abuelo siempre le decía que cuando se encontrase en algún apuro sin nadie que pudiese ayudarle, llamase a doña Necesidad. Y la niña, que nunca olvidó el cuento, lo puso en practica cierto día de forma curiosa cuando le enviaron al molino con el borriquillo y un saquito de trigo.

En un tropezón, el animal dejo caer el saco y como la niña no podía cargarlo, se acordó del cuento y llamó a gritos a doña Necesidad. Pero como no acudió a su llamada, resolvió el problema haciendo rodar el saco hasta el borde de un talud, colocando el borrico debajo y dejando caer el saco sobre su lomo. Al volver a casa reprochó a su abuelo que doña Necesidad no hubiese acudido a su llamada y el abuelo sonriente, le hizo ver que fue precisamente ella la que acudió en su ayuda inspirándole la solución.

Me acordé de aquel cuento de mi infancia hace unos días, cuando el ingeniero técnico de imagen capilar de la Plaza Nueva estaba realizando con mi cabello la mensual obra de arte. Y como yo soy de los que a la hora de cortar el pelo elijo siempre conversación y beneplácito, el maestro, mientras retocaba mi cabello, me contó lo que le ocurrió cierto día en que, con toda la ilusión de un setero de pro que ha localizado un yacimiento increíble, había preparado la excursión dominguera 'a setas'.

Pero ¿Oh desilusión! Aquel domingo se levantó muy animado, es cierto, pero también con un ataque de lumbago que le impedía agacharse, ejercicio imprescindible para poder coger setas. ¿Y qué hizo el pobre setero chasqueado? ¿Quedarse en la cama con paños calientes? Nada de eso. Acudió a doña Necesidad y pudo ir de excursión y hasta llenar la cesta de setas sin doblar la cintura.

¿Como le resolvió el problema doña Necesidad? Pues de una manera muy ingeniosa. Cogió el hombre dos cachavas, y ató al extremo de una de ellas un afilado cuchillo y en el extremo de la otra hizo lo mismo con un tenedor. De esta forma, sin agacharse, cortando, pinchando y guardando, llenó la cesta de pié violetas. Se pueden imaginar ustedes con que deleite degustó el inválido setero una vez en su mesa, aquel revuelto de setas.

 
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