Domingo, 15 de abril de 2007
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SOCIEDAD

RELACIONES HUMANAS

HIJOS TIRANOS
Verdugos de sus padres
Intolerantes ante la menor frustración, los hijos educados de manera permisiva pueden engendrar un fuerte egoísmo que no admite negativas
Verdugos de sus padres
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Cuando leemos la noticia de un hijo que ha sido llevado ante el juez por sus propios padres debido a que les sometía a humillaciones y maltratos nos asalta la sensación de desorden, de inversión de los esquemas establecidos, como si a partir de ahí ya todo estuviera perdido. Es lo que de algún modo expresa el lenguaje coloquial cuando define metafóricamente el no va más de la fealdad (física o moral) con una fórmula de corte surrealista: «Eso es más feo que pegar a un padre con un calcetín sudado».

Por fortuna los tiempos han cambiado y nadie ostenta el monopolio de la violencia en el seno familiar. Pero se supone que los cambios producidos hacia la convivencia más civilizada deberían haber llevado a la erradicación de cualquier forma de daño, no a un cambio de los papeles de víctimas y verdugos. Sin embargo sigue habiendo hogares como mazmorras, con la única diferencia respecto a tiempos pasados de que ahora el látigo del verdugo pasa de unas manos a otras. Por doloroso que sea admitirlo, el hecho es que van en aumento los maltratos y las palizas propinadas por los hijos a sus padres.

En el año 2005 fueron cerca de 5.000 los padres y madres españoles que presentaron denuncias en juzgados por agresiones recibidas de sus hijos. La mayoría de los agresores eran adolescentes de ambos sexos de entre 15 y 17 años, pero no faltaban los menores de 10 y mayores de 25. Tanto la policía como los profesionales de la Justicia y de los servicios sociales indican que las cifras van en aumento, en mayor proporción que los casos de acoso escolar o de otras manifestaciones de violencia doméstica. No se trata, pues, de un fenómeno residual. Ni tampoco se ciñe, contra lo que pudiera pensarse, a familias desestructuradas o a sectores de bajo nivel cultural. A veces los más encarnizados verdugos son hijos e hijas con instrucción y recursos suficientes que, por otra parte, nunca han conocido la falta de afecto de sus progenitores.

En lo que sí coinciden los especialistas es en el perfil medio del agresor: una persona sin conciencia. Por unos u otros motivos, los hijos tiranos y más agresivos son ajenos a sentimientos como el de la empatía o la compasión hacia los otros. Y en esa misma medida es difícil que experimenten reacciones emocionales asociadas con la culpa o la responsabilidad. Para cuando insultan, amenazan o golpean al padre o a la madre es que ya han perdido la noción del bien y del mal, y con ella la capacidad para reconocer en sus víctimas a los seres que les han dado la vida

¿Estamos ante una generación mutante, con rasgos de personalidad diferentes de aquellos niños y niñas que tenían tan interiorizado el sentido del respeto hacia sus mayores? Seguramente no. Es bastante probable que en épocas anteriores muchos hijos -los más rebeldes, insumisos, resentidos o simplemente coléricos- sintieran en algún momento hacia sus padres un marcado rechazo; pero no lo traducían en actos hostiles porque en torno a ellos se levantaba una espesa red de normas establecidas y de pautas de comportamiento heredadas que hacía inconcebible pasar de los impulsos a los hechos.

Sin duda muchos de estos adolescentes ingratos son el resultado de una educación permisiva que ha fomentado su narcisismo al consentirles todos los caprichos. Intolerantes ante la menor frustración, han engendrado un fuerte egoísmo que no admite negativas, prohibiciones ni exigencias. Su violencia es tal vez la respuesta a una crianza más sobreprotectora que formativa, y eso explica en parte la resistencia de los padres a denunciar las agresiones cuando éstas se presentan. La primera reacción del padre o la madre agredidos es la de preguntarse: «¿en qué he podido equivocarme?». Pero no todo es consecuencia de la educación. Contra la idea extendida de que la conducta de los niños y adolescentes refleja el modo en que han sido tratados por sus padres, no son pocos los psicólogos que hoy atribuyen estos comportamientos violentos a la predisposición genética.

El caso es que, si todos los actos de violencia repugnan, la de los hijos hacia los padres nos resulta especialmente abominable, escandalosa y alarmante. Representa -como recientemente observaba Vicente Verdú- una «transgresión total» que tambalea los cimientos de nuestro precario equilibrio. Viene a decirnos que, junto a la saludable multiplicación de los modelos de estructura familiar y también junto a la abolición del autoritarismo intrafamiliar, se ha producido una suerte de descomposición de los afectos que supone un alto coste emocional para todos. Para las víctimas, porque observan horrorizadas cómo sus criaturas se convierten en sus peores enemigos. Y para los verdugos, porque tarde o temprano acabarán viendo cumplirse la profecía del filósofo Tales: «Según trates a tus padres, así te tratarán tus hijos».

 
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