Cuando Adriana llegó a Londres le faltaba algo: «una tarde de pinchos con los amigos», se lamenta. Un vacío que no ha podido llenar, pese a que en la mayoría de restaurantes hay vino de Rioja en las cartas de caldos selectos. «Cada vez encuentro más». Pero existen tres cosas de las que no puede disfrutar mientras está en la capital inglesa: la familia, el mar y el buen jamón. «Los extraño con locura».
Esta bilbaína procura regresar una vez al mes a su tierra. «Pero durante los primeros seis meses no fui en ninguna ocasión, ni tampoco hablaba con españoles. Me daba miedo que me perjudicara a la hora de aprender el inglés». Ahora, en cambio, habla quince minutos al día con sus padres y otros quince, con los amigos.
En Londres también ha forjado buenas amistades. Pero no fue nada fácil. «Los ingleses son fríos, pero se parecen en algo a los vascos. Ambas culturas son muy cerradas a la hora de relacionarse con la gente. Pero una vez que entras en su grupo, estás dentro para toda la vida».
Tener que viajar una hora para tomar un café con una amiga o esquivar la suciedad de Londres es lo único negativo que extrae de su experiencia anglosajona. Y aunque se ha comprado una «preciosa casa», tiene intención de regresar a Bilbao. «Me atan mucho más los sentimientos que lo material».