Hace cien años, por sólo 7,50 pesetas, cualquier mujer podía gozar de unos pechos turgentes y atractivos. Bastaba tomar durante dos meses las 'Pilules orientales', las milagrosas pastillas del Dr. Ratie con las que se aseguraban unos «senos desarrollados, reconstituidos, hermoseados y fortificados». El producto en cuestión se vendía por correo y los resultados, según testimonios de la época, saltaban a la vista. Y es que, en 1907, la publicidad no estaba ya destinada casi en exclusiva a los asuntos de la salud, sino que sus objetivos se habían diversificado hasta tocar y excitar las más ocultas, o evidentes, preocupaciones sobre el aspecto físico y hasta moral de hombres y mujeres.
Se intuían necesidades, lógicas desde todo punto de vista, cuya satisfacción redundaba en el buen mantenimiento de las relaciones entre los sexos. De ahí que no extrañasen anuncios como el de los 'Gránulos reguladores del Doctor Artaza', que aseguraban mantener la salud de la mujer gracias a que normalizaban sus desarreglos periódicos y evitaban sus dolorosas y «desastrosas» consecuencias. Al mismo tiempo, el producto era un gran «moderador de la nutrición y estimulante del sistema nervioso ( ), reconstituyente en cuantos casos se relacionan con la desnutrición general como el raquitismo, escrófulas, pobreza de sangre, decaimiento físico por causas morales, agotamiento nervioso, etc.». Gracias a un solo frasco de aquellos gránulos, las mujeres de hace cien años podían, pese a sus desarreglos mensuales, estar frescas como rosas.
«Nunca seréis calvos»
Por supuesto que los hombres también tenían lo suyo, porque el miedo al 'gatillazo' es casi tan antiguo como la propia humanidad. Hace cien años, este pequeño o gran inconveniente podía solucionarse si el afectado se untaba el miembro en cuestión con la maravillosa 'Pomada fortificante de Rodríguez de los Ríos'. Su espectro de actuación era enorme, ya que abarcaba problemas de impotencia, de «debilidad general, espermatorrea y esterilidad». Al mismo tiempo se aseguraba que era inofensiva y que producía un efecto maravilloso a la primera fricción. Evidentemente, si todo lo que prometía comenzaba a notarse nada más untársela, bien se podían pagar las diez pesetas que costaba el bote. Claro que aún se corrían riesgos no del todo agradables, debido a que las costumbres relacionadas con la higiene íntima dejaban bastante que desear. Por ello, todavía tenían un espacio considerable reclamos publicitarios que decían curar en poco tiempo «los males secretos», las «purgaciones recientes o crónicas» y úlceras de diversa procedencia.
Pero la cosa sexual no era la única por la que pugnaban los remedios. Los productos que prometían un aspecto exterior envidiable también habían ganado espacio. Por ejemplo, el 'Jabón Ray', que por el precio de una pastilla, 1,50 pesetas, prometía la juventud eterna. «El que goza de piel fresca parece siempre joven», se señalaba. Así que el citado jabón, hecho a base de huevo de gallina, ejercía «un admirable efecto sobre la piel, que se nota ya después de corto tiempo de usarlo». También se ofrecían preparados para combatir las incómodas y descaradas canas. Para ello nada mejor que 'La Flor de Oro', la tintura progresiva más eficaz del mercado. Conservaba el color natural del cabello, eliminaba la caspa, vigorizaba las raíces, evitaba enfermedades y, lo que era más importante, aseguraba que «nunca seréis calvos». Claro que, en asuntos de cabellos, no eran los únicos. 'El Tricófero de Barry' afirmaba que era el mejor remedio contra la caspa y como consecuencia, el producto ideal para mantener un cuero cabelludo lleno de vitalidad y, obviamente, siempre con pelo. ¿En qué se basaban para afirmar eso? Pues en que, desde 1801, lo habían usado millones de personas en todo el mundo. Es decir, más de cien años luchando contra la calvicie a diestro y siniestro. ¿No era razón de peso para usar 'El Tricófero de Barry'?
Almorranas
La salud mantenía aún un espacio privilegiado en todo aquel maremagno publicitario. Entre todas las preocupaciones o carencias del público en general se hallaban las relacionadas con el aparato digestivo. Productos como el 'Tamar Indien Grillon', «fruta laxante refrescante contra el estreñimiento, almorranas, bilis, embarazo gástrico o intestinal y jaqueca», se anunciaban con profusión. Obviamente, con tanto problema gástrico no era de extrañar que más de uno se viera sometido al ayuno temporal o a duros regímenes alimenticios, por lo que el 'vino tónico ideal Vibrona', que regeneraba la fuerza, restauraba la debilidad y vencía el decaimiento, se convertía en un buen recurso para los debilitados por culpa de excesos o carencias. Ciertamente, había personas cuyo problema no provenía del abuso de ciertos alimentos. Muchos de ellos, pese a comer de lo lindo, ni engordaban, ni se fortalecían, ni nada de nada. Y es que la tenia o solitaria no era extraña hace cien años. Para combatirla se anunciaban los 'Glóbulos Secretan', los mismos que se usaban en los hospitales, que aseguraban la curación en tan sólo dos horas.
Para los ya restablecidos o los sanos por completo existían reclamos destinados a fomentar la apetencia por determinadas golosinas. Ese era el caso del 'Flan Huevol', postre sabrosísimo. Y cómo no, también el vino de Rioja tenía su lugar entre la publicidad de hace un siglo. Los 'Vinos tintos de los herederos del Excmo. Señor Marqués de Riscal', cosecha de 1901, se anunciaban en 'El Noticiero Bilbaíno'. A 2,50 pesetas la botella, nada mal para la época.