C 1972 es una fecha importante para Koldo Celaá, un vecino de Basauri de 44 años. Y no sólo porque fue el año en que el esquiador Paco Fernández Ochoa ganó la única medalla de oro de España en unos Juegos de Invierno. O en el que el piloto brasileño Emerson Fitipaldi se proclamó campeón de Fórmula 1 por quinta vez, cuando Michael Schumacher no se había subido aún a un kart.
Ni siquiera están grabadas a fuego en su memoria las noticias que llegaron el 5 de septiembre desde Munich, donde once integrantes del equipo olímpico de Israel fueron asesinados. O el 13 de octubre, desde los Andes, donde se estrelló el avión del equipo nacional de rugby de Uruguay; ambas tragedias hoy convertidas en películas. No, Celaá recordará 1972 como el año en que decidió empezar su colección: la primera y única.
«Fue obra de la casualidad. Junté unos cuantos calendarios de bolsillo, y pensé que era algo bonito para guardar», explica. Desde entonces, no ha parado. Ya tiene «unos 1.100 diferentes, además de otros 2.000 repetidos». Y aunque de este tipo de artículos hay millones de modelos, él se ha especializado sólo en uno: los que tienen algún motivo del Athletic de Bilbao. «El mejor equipo del mundo», sostiene, enamorado como está de sus colores.
Su hija Ziortza le aplaude. Cómo no. Ella ha mamado la afición por los rojiblancos y por los almanaques. «Es mi ayudante técnico», confiesa el orgulloso progenitor. La chavala, de 18 años, encoge los hombros: su labor se centra en el manejo de las nuevas tecnologías. Porque Celaá es un coleccionista al día. Tiene una página web «que está en reforma» (www.koldoclub.com), donde cuelga su colección escaneada, labor de la que se encarga su hija pequeña.
Correo postal
«También le ayudo con las cartas», cuenta la joven. A través de ellas, este hombre, que trabaja en una estación de servicio, se comunica con las mil y una peñas que tiene repartidas el Athletic por toda la geografía española: «Jaén, Parla, Lugo...». Y también «con los bares que los encargan, con otros coleccionistas, con tiendas...». Por uno de estos almanaques es capaz de remover Roma con Santiago... y de pagar «quinientas pesetas de las del año 82» por un ejemplar «con una micra de oro».
Una afición que no abandona en ninguna época del año. «En verano, ya he conseguido muchos del año siguiente. Sobre todo, los que son una serie», apunta. Y en diciembre, un buen pico de la paga extra se le va en sobres y sellos para hacerse con el resto. «El dinero del abono que no tiene en San Mamés lo emplea en esto», sonríe su mujer, cómplice del asunto. Y cada sábado marcha con Ziortza y su amigo Víctor, «el guardaespaldas», a la Plaza Nueva de Bilbao para cambiar estas cartulinas como si fuera un crío en el patio del colegio. «Lo curioso es que en la escuela nunca coleccioné nada», comenta. Ya lo dice el refrán, a la vejez, viruela.