Jueves, 26 de abril de 2007
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OPINIÓN

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Poderosas
Con la mirada baja, las mejillas encendidas y la débil postura del enfermo permanente... Así nos han preferido los hombres. Con todo, no les importaba añadir que éramos nosotras y no ellos quienes decidíamos, quienes gobernábamos su voluntad. Se dejaban llevar como cede el amo a los caprichos del gato casero: con un toque de condescendencia y ternura dominante. Ellos nos convencieron de su valía hasta tal punto que habríamos de pelearnos por sus carnes como gallinas enloquecidas. Nos respetaban, algo, como madres, aunque en sus arrebatos no dudaban, no dudan, en matarnos delante de nuestros hijos. Éramos, en definitiva, el bello complemento de sus vidas y carreras; la muestra viviente de su poder, colgadas de su brazo luciendo diamantes por ellos regalados.

Todo esto, en el más benigno de los casos. Después, hubieron de acostumbrase a tenernos a su lado, compitiendo, estudiando, trabajando. Mayoritariamente, terminaron por aceptarlo, eso sí, siempre que mantuviéramos la feminidad. Concepto éste inventado por ellos mismos y asumido por nosotras para no perder su compañía, que comportaba el mismo rubor ancestral.

Cuando alguna se sentía poderosa y se negaba a ocultarlo, ellos, pobres, sacaban de los armarios a las otras gallinas para que fueran ellas mismas quienes las despellejaran, por poco femeninas y alejadas de la imagen maternal. Nuestro acceso al poder no podía alejarse de la Traviata: reina del salón, dominadora de hombres..., finalmente repudiada y vilipendiada. Que se les ocurriera mostrarse duras, sabias, cultivadas, preparadas y con la galanura de quien no pide permiso para emitir opiniones feroces y veraces... Literalmente los destroza, les descompone la corbata, anula el poder de sus camisas a rayas y les afloja los pantalones. Entonces ya no juzgan su valía, ni sus opiniones, ni sus acertados juicios, se limitan a descartarlas por 'machorras'. Claro que si usted luce una licenciatura, aún hoy, no podrá acusar a su pareja de malos tratos. Chamorro dixit.

Puedo no estar de acuerdo con Hillary o la francesa Ségolène Royal, a veces incluso con nuestra Teresa Fernández de la Vega, pero me encanta verlas. Ahí están, con las perlas sempiternas la americana, con el estilazo 'gauche' la francesa, con modelos impolutos la española. Poderosas y sin complejos para ejercer tal poder; realizando sus tareas casi siempre mejor que sus compañeros. Sobre todo, sin acoquinarse ni fingir una modestia que ni les cuadra a ellas ni al cargo que ostentan.

Nuestras hijas han de tener modelos a imitar, para intentar parecerse o para alejarse, pero han de verlos en vivo, en directo, en femenino y, a ser posible, en plural. Luego, que decidan ser florero de lujo o presidenta de un imperio. Espero que, para entonces, Chamorro forme parte de una leyenda urbana.

 
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