Tal vez los valores se están derrumbando estrepitosamente, no lo sé, pero lo cierto es que siguen vigentes en nuestra palabrería tan llena de vocablos como paz, libertad, derechos, honradez, justicia, solidaridad y demás parentela. Las palabras, ya se sabe, son gratis. Lo que cuesta no es pronunciarlas, sino ponerlas en práctica, sacarlas del diccionario para echarlas a andar por el asfalto de la realidad. Sobre todo cuando hablamos de grandes principios. Por eso hay que celebrar esos raros momentos en que cobran vida, una especie de iluminaciones no demasiado frecuentes pero certeras, instantáneas donde su vaga abstracción queda enmarcada en la silueta de una leve anécdota o de un acontecimiento menor. Porque los valores solemnes no están hechos de retórica, sino de pequeños instantes. Ves, por ejemplo, al vecino que cede el paso a un anciano al cruzar la calle y piensas que quizá el respeto consiste en eso. Tal vez la paz no es otra cosa que observar a los niños tirándose por el tobogán del parque a la salida del colegio. El amor está en una mano leve que agarra a otra para ayudarla a subir al autobús, del mismo modo que hay mucha dignidad en el gesto de un frutero que desecha la pieza dañada en vez de colársela al cliente en el fondo de la bolsa. Hay un momento del día en que la ciudad se pone en marcha. Por las aceras la gente camina decidida en dirección a su lugar de trabajo. Los comerciantes levantan las persianas de los locales y el olor de los primeros motores se confunde con la humedad de la noche que va quedando atrás. Todos estos hombres y mujeres han tomado pequeñas decisiones insignificantes pero ligeramente heroicas como la de madrugar, despegarse las sábanas, asearse y poner en orden sus cosas antes de fichar puntualmente en la oficina o en la fábrica. Nadie les ha dado orden alguna, pero lo hacen Es en la suma de estos impulsos ínfimos donde reside el secreto de los valores. Una ciudad, un pueblo, una sociedad están vivos cuando todos sus miembros se conjuran para obrar ese prodigio de todas las mañanas, el milagro de una maquinaria gigantesca y precisa cuyas piezas más minúsculas echan a andar y se ponen en funcionamiento sin esperar a que venga alguien a dar la orden. Fue Lichtenberg quien dijo que las cosas más grandes se llevan a cabo gracias al concurso de otras a las que no prestamos ninguna atención, pequeñas causas que pasamos por alto y que al final acaban acumulándose. Los valores son una cuestión de confianza, no un condimento de los discursos. Andan diseminados por entre los rincones de nuestro paisaje cotidiano en forma de partículas casi invisibles. En forma de gente buena y honrada que cumple con su deber sin ponerse medallas ni pedir que le paguen por ejercer los valores.