Domingo, 29 de abril de 2007
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Auge nacionalista en Escocia
Los electores escoceses irán a las urnas el próximo jueves en los comicios más cruciales desde el establecimiento del Parlamento autonómico, en 1999. Los sondeos muestran que el Partido Nacional Escocés (SNP por sus siglas en inglés) aventaja al Partido Laborista, que ha dominado la escena política en Escocia desde hace medio siglo. De resultar elegido, el SNP ha prometido un referéndum sobre la independencia para 2010.

El éxito electoral del SNP debe mucho al descontento existente hacia el Gobierno laborista de Westminster. En Inglaterra, el Partido Conservador, que con David Cameron ha enterrado la herencia 'thatcherista' y ha logrado reinventarse a imagen del Nuevo Laborismo de Blair, encabeza las encuestas. En Escocia, en cambio, los conservadores han vivido durante décadas una situación de declive, y languidecen ahora en cuarto lugar. El SNP ha sido capaz de explotar la escasa popularidad laborista con un inteligente programa que mezcla la tradición socialdemócrata con el intento de seducir a las nuevas elites empresariales escocesas. La promesa de un referéndum de independencia en el futuro les ha facilitado separar esta cuestión de las elecciones, lo que permitirá que incluso aquellos votantes con dudas acerca de la secesión les den una oportunidad. Por encima de todo, los nacionalistas se han beneficiado de la sensación de que ha llegado la hora de un cambio de gobierno.

Si bien es probable que el SNP se haga con el mayor número de votos, no será capaz, sin embargo, de lograr una mayoría suficiente debido al sistema de representación proporcional. Necesitará encontrar aliados para formar una coalición, posiblemente los Liberales y, quizás, los Verdes. Este escenario le complica la estrategia, dada la oposición de los Liberales-Demócratas a la idea del referéndum. Pero las dos partes podrán acomodar sus diferencias en torno a alguna formulación, tal vez mediante la inclusión de una pregunta que se refiera a un refuerzo de los poderes del Parlamento escocés, tal y como prefieren los Liberales. Claro está, no obstante, que son posibles otras coaliciones, incluida una alianza 'unionista' formada por Laboristas y Conservadores junto con los Liberales para excluir al SNP, aun si este último gana en escaños.

Formar gobierno es un objetivo factible para el SNP. Convencer a los electores de que apoyen la opción independentista es otra historia. Los sondeos sobre esta cuestión han sido ambivalentes. A la pregunta general sobre la independencia de Escocia, el apoyo ciudadano oscila entre un 40% y un 50%. Sin embargo, cuando se presenta a los encuestados una serie de opciones, incluido el retorno al centralismo y la solución actual de la 'devolution', el apoyo a la independencia cae a un 25%-30%. Un fenómeno similar tiene lugar en Cataluña, y demuestra que los votantes no establecen una distinción clara entre autonomía e independencia, sino que ven el autogobierno como un 'continuum', con formas más o menos débiles o fuertes. No cabe duda de que los escoceses quieren más autonomía, y existen mayorías significativas que defienden aumentar las competencias de su Parlamento. Pero es muy poco probable que, a día de hoy, tuviera éxito un referéndum de independencia.

Lo que sí está claro es que los escoceses están perdiendo su confianza en la Unión, y que su sentimiento británico disminuye. Aunque no apoyan activamente una demanda de independencia, la ven cada vez más como una opción viable, al saber que Escocia seguiría perteneciendo a la UE y a la zona euroatlántica de seguridad. Y lo que es más curioso aún, los ingleses piensan muy parecido. No se dio una oposición seria en Inglaterra a la devolución de los poderes a Escocia en 1999, y la opinión pública inglesa acepta por una abrumadora mayoría el derecho de autodeterminación de los escoceses. La clase política opina igual: los sucesivos primeros ministros (Thatcher, Major y Blair) han advertido a los escoceses contra de la independencia, pero aceptando de manera explícita que tienen el derecho si así lo deciden. Éste es quizás el principal contraste con respecto a España.

Si ni el público inglés ni el escocés tienen sentimientos fuertes hacia la Unión, el Partido Laborista sí. Gordon Brown, quien con casi total certeza sucederá a Tony Blair, es diputado por una circunscripción escocesa, al igual que el ministro del Interior y otros tres miembros del Gabinete. Los laboristas han ganado muy pocas veces las elecciones en Inglaterra y sin su base electoral escocesa podrían perder su condición de partido de gobierno. Por tanto, cabe esperar que el laborismo monte una feroz defensa de la Unión frente a un hipotético gobierno del SNP en Edimburgo. Que vayan a persuadir a los votantes es otra cuestión. Puesto que la vinculación emocional de los escoceses a Gran Bretaña se ha debilitado tanto, al Partido Laborista sólo le quedan argumentos de tipo instrumental y económico, que hasta ahora no han servido para convencer. Han dicho a Escocia que aún es demasiado pobre para sobrevivir sola, lo cual equivale a una confesión de que sus propias políticas han fracasado. Blanden estadísticas económicas y diversas proyecciones; pero los nacionalistas tienen sus propios economistas, y los electores terminan simplemente confusos.

Escocia no será independiente en este década, pero su autonomía será renegociada y reforzada. Su Parlamento ganará nuevas competencias y pasará a ser gradualmente el centro de la escena política, relacionado con Londres y Bruselas. La cuestión de las nacionalidades en el Reino Unido, al igual que en España, existe desde hace siglos, y no habrá una solución definitiva en nuestra generación. Más bien, seguirá siendo un factor más de la vida política, mientras que la Constitución británica evoluciona hacia una federación asimétrica y plurinacional.

 
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