Lo que contribuye de manera más eficaz a la reconciliación es el Alzheimer. Para que la dolencia afecte a las colectividades se precisa un largo tiempo. Don Gregorio Marañón nos decía que «las guerras civiles duran un siglo». En su docta opinión es necesario que transcurran tres generaciones de eventuales huéspedes de este dificultoso planeta. Mientras haya testigos, o sea, mártires, estarán expuestos a distintas formas de zarandeo. Es lo malo que tienen las guerras: unos las ganan y otros las pierden, unos mueren por Dios y por la patria y otros mueren sólo por la patria y ni Dios se acuerda de ellos. Cuando van pasando los años y los mutuos supervivientes se dan cuenta de que en las guerras civiles sólo hay perdedores, la viva memoria individual se convierte en difusa memoria histórica, y se intenta conmemorar incluso a la viuda del soldado desconocido. Ahora el Episcopado anuncia la beatificación de 498 mártires de la guerra civil. Por qué poquito no son 500. Hubiera sido una cifra tan redonda como la corona del martirio.
Se ha observado a lo largo de la turbulenta historia humana que para ser mártir no es necesario poseer una habilidad especial. Basta con ser víctima, y esa condición la eligen otros. Hubo muchos por aquellas fechas, incluso los llamados 'niños de la guerra', que somos los ancianos de ahora, lo fuimos sin necesidad de que nos mataran de hambre. Nos quisimos quedar a ver en qué quedaba esto.
Entre los 498 beatos hay dos obispos, 24 sacerdotes diocesanos, 462 religiosos, un diácono, un subdiácono, un seminarista y siete laicos. No se va a poder dar un paso en la antesala del cielo y si algunos de ellos suben a los altares habrá 'overbooking'. Lo más probable es que no quepan, pero no importa. Tampoco a muchos de nosotros nos cabe en la cabeza que aquello pudiera pasar.