Cada curso salen de las tres universidades vascas -UPV-EHU, Deusto y Mondragón- cerca de 10.000 titulados, de primer y segundo ciclo, para afrontar la prueba más decisiva de su formación: el contraste con la realidad profesional, con el mercado laboral. El resultado de esta transición es, sin duda, el indicador más eficaz para medir el grado de ajuste que existe entre la preparación académica y el puesto de trabajo, entre la capacitación y la demanda. Y en este punto, necesariamente en continua transformación, se miden tanto la calidad de la enseñanza y el prestigio de la institución que la imparte como la utilidad de los conocimientos transmitidos y, lo que es más importante, su idoneidad para construir una carrera profesional en una sociedad cada vez más exigente.
Estos factores se han visto potenciados por el fomento de la competencia entre los centros universitarios, tanto a nivel español -nueva Ley de Universidades-, como europeo -Acuerdo de Bolonia-, y por la globalización y mundialización del espacio de educación superior, que ha conducido a una creciente objetivación de las prestaciones de las universidades y del rendimiento de sus alumnos y a un aumento de la movilidad. La conclusión es que la relación, siempre bidireccional, entre universidad y empresa es la clave para interpretar la formación de los jóvenes. De sus niveles de colocación, de su grado de calidad profesional, dependerá, además de su destino laboral, la catalogación del centro donde se formaron y su valoración ante el exigente mundo de la empresa y la propia Administración. Por ello, la excelencia formativa es la pieza sobre la que se debe articular cada proyecto universitario. Y para lograr este objetivo se necesitan alumnos capaces y dispuestos a entender que en la universidad se 'firma' el primer contrato de trabajo, el que anticipa un buen porvenir profesional y un proyecto de vida.