Jorge del Nozal, uno de tantos eibarreses en la diáspora, se toma con humor una realidad conceptualmente diferente a la que quisiera. En él impera su vocación artística, plasmada a lo largo del tiempo especialmente en lienzos y murales, pero paradójicamente la pintura que le da de comer es la que decora con técnica de estuco y trampantojo las casas de sus convecinos desde hace 18 años en la localidad palentina de Barruelo de Santullán. «Soy un pintor de brocha gorda», bromea, sin descuido de la perseverancia.
Su vida, asegura, está marcada por los cambios, los obstáculos y también las soluciones, descubriendo en sí mismo una versatilidad poco usual y una enorme capacidad camaleónica para adaptarse a las circunstancias. «Estudié Maestría Industrial en la Escuela de Armería, luego estuve trabajando un año sin cobrar en el laboratorio del propio centro, que es donde se fraguó lo que hoy en día es Tekniker. Gracias a ello me salió un trabajo en Durango, llevando un laboratorio de tortillería», recuerda. Cuando tenía 25 años se casó con la elgoibarresa Mari Asun López y terminaron afincándose en el municipio durangués, pero al cabo del tiempo, explica, los problemas de salud del mayor de sus dos hijos les llevó a decidir cambiar de aires.
«El niño sufría problemas de asma y como yo llevaba ya diez años en la fábrica y tenía ganas de hacer otras cosas pues me lié la manta a la cabeza y nos vinimos a este pueblo, de clima más seco y en el que nacieron mis padres», relata. Sucedió en 1989, cuando tenía 31 años. Ahora, con 49, recuerda las dificultades del inicio. «Al poco de llegar monté con toda la ilusión una buena librería en la cercana población de Aguilar de Campoo, pero esto no estaba preparado todavía para algo así y me fue mal. Probé a abrir otra aquí, en Barruelo, pero de nada sirvió y tuve que cerrar las dos».
Aprovechaba la sala de exposiciones habilitada en el sótano de la librería para hacer diseños y pintar cuadros. «También para dar clases de pintura, que es lo que pretendía cuando me vine aquí», puntualiza. Pero pronto se percató de que «no podía vivir de ello» y terminó pintando casas. «Así me gano la vida, soy un pintor de brocha gorda. Pero además hago alta decoración e incluso, a veces, me encargan todo y abarco desde diseñar la casa, aprovechando que soy delineante, a hacerla entera, ejerciendo de albañil, carpintero o fontanero», sostiene.
«Vivo de eso, pero lo que me gusta es lo otro», enfatiza, en referencia al perfil artístico que invade su personalidad. «Llevo 8 años impartiendo clases de pintura en un hogar del jubilado y en un estudio que he montado y, de hecho, muchos me conocen sobre todo por esa otra faceta». Además de sus cuadros al óleo se define como muralista y ha pintado las bóvedas de dos iglesias de aquella zona, aspectos que se pueden constatar en su cuidada página en Internet: www.duendedelarte.net. «De profesión pintor artístico, además de especialista en alta decoración de viviendas y demás edificios», es su carta de presentación en ella.
No olvida sus orígenes
«Lo que estoy intentando es que cada vez se me conozca más como muralista, pues me gusta mucho trabajar en grandes superficies y me gustaría vivir de eso», esgrime. En su momento perteneció a la Asociación Artística Eibarresa y evoca, sobre todo, a Fernando Beorlegui, quien más le influyó en su forma de ver el arte. «Asistí a sus clases y me encantó. Tenía apenas 18 años, pero no se me olvida», recalca, satisfecho de que, con posterioridad, en dos de las tres ocasiones en que expuso su obra en la sala Topaleku de Eibar Beorlegui hizo acto de presencia. «Me hizo mucha ilusión verlo y hasta me regaló un libro».
Su vínculo con Eibar nunca ha desaparecido. «Toda mi familia está ahí: mi madre, mis hermanos y tíos. Voy tres o cuatro veces al año y hasta seguimos celebrando una comida los amigos de la infancia». La localidad armera «ha cambiado un montón», afirma. «Me llaman mucho la atención las escaleras mecánicas, pero también la cantidad de edificios que han tirado y los que han construido, o lo que han bajado los bares, porque cuando vivía ahí el 'txikiteo' era sagrado y se ha ido perdiendo», observa.
«¿Volver?. No, porque siempre voy para adelante, no me gusta mirar atrás. Al principio lo pasamos mal, pero ahora estoy muy a gusto, la gente me conoce y tengo mi reputación», agradece. «Se han dado cuenta -añade- de que Jorge es un poco caro, pero lo hace bien, ja, ja».