Los padres de Leticia Temiño confiesan que, después de doce años, han perdido la esperanza de que el crimen de su hija, estrangulada y violada en enero de 1995, se resuelva algún día. Sin embargo, si se deciden a volver a hablar del caso a un medio de comunicación es únicamente con la ilusión de ablandar corazones y remover conciencias para que «quien sabe y calla, lo cuente».
Todo empezó el día de Reyes. Leticia salió con sus cuatro inseparables amigas por Portugalete. A sus 18 años, la joven estudiaba primer curso de Ingeniería de Minas en Barakaldo, aunque no era su verdadera vocación, y aún estaba de vacaciones de Navidad. Entre las once y media y las doce menos cuarto, las chicas se despidieron en la calle Carlos VII, para volver a sus casas. La familia Temiño vive en el barrio alto de Buenavista.
«Hacía una noche de perros: frío, granizo...», recuerdan los padres, Lucía Chapinal y José María Temiño. La joven no solía trasnochar. «No la dejaron vivir, no tuvo tiempo de malearse», se duele la madre. De hecho, dos días antes había sido el día que más tarde llegó, a la una y media de la madrugada. «A las doce, me asomé a la ventana y ¿caía una tromba!», continúa Lucía, que para entonces ya empezó a intuir que algo no iba bien. «Algo gordo le ha tenido que pasar -pensaba- pero no esto ¿eh!».
Dos testigos afirmaron meses después del crimen que habían visto esa noche a pocos metros de su casa a la chica charlando con un «hombre alto, fuerte, que vestía una chamarra de cuero negra», aunque no acertaron a verle la cara porque estaba de espaldas. Ella gesticulaba. «¿Quién era esa persona que estaba hablando con mi hija?», se preguntan. Nunca se supo. Desde entonces, nadie más volvió a verla con vida. «Alguien la cogió».
A las siete de la mañana del día siguiente, una patrulla de la Guardia Civil vio algo raro en su recorrido diario por la carretera N-634 a su paso por El Pontarrón de Guriezo (Cantabria), y se paró. En una cuneta hallaron el cuerpo sin vida de la joven. Su asesino o asesinos se habían ensañado con ella. Leticia murió estrangulada, recibió una paliza y fue violada. Además, presentaba un cuerpo extraño en la vagina. Estaba desnuda, a excepción de unos calcetines de lana marrones, dos anillos, una pulsera y un colgante. «El móvil era sexual, no se llevaron nada. Nos advirtieron de que igual volvía a repetir...», recuerdan. Cuando la Ertzaintza detuvo a Luis Gabriel Muñoz Izquierdo, que mató a puñaladas y violó a Virginia Acebes en noviembre de 1999, compararon su ADN con los pelos hallados en el cuerpo de Leticia, pero el resultado fue negativo.
Blanca Estrella Ruiz, la presidenta de la asociación Clara Campoamor, que se encargó del caso en un primer momento, siempre ha pensado que los homicidios de Olga Casas y Leticia estaban vinculados, aunque este extremo fue descartado por la Policía.
Lucía y José María asumen que en la muerte de su hija «todo son incógnitas» y lo achacan en parte a errores en la investigación. «No hay nada, ni la sensación de haber tocado al autor. Se miró a todas las personas que estaban por allí aquel día, todas fueron identificadas, y nada. Es un caso muy raro», afirma el abogado que ejercía la acusación particular antes de que el sumario quedara provisionalmente sobreseído.
Escenario contaminado
El escenario estaba «contaminado», no fue acordonado en un primer momento, lo que permitió que fuera pisado por varias personas, y probablemente se perdieron pruebas. Además, aquella noche había llovido y granizado copiosamente. Durante la instrucción también apareció un misterioso coche parado en la calle por donde la joven subía a su casa, pero era de noche y no se pudo ver a nadie dentro, explica el penalista.
Los padres de Leticia saben ahora, y se lo han advertido a familiares de otras víctimas, que la autopsia es fundamental para esclarecer los hechos. Según el informe forense, el cadáver fue «depositado» allí y la muerte se produjo entre las doce y media y las siete y media de la mañana.
La primera línea de investigación apuntó, como en la mayoría de los homicidios, al círculo cercano a la víctima. La Guardia Civil y la Ertzaintza, encargadas del caso, sospechaban que la joven podía conocer a la persona que la mató. «No creo que nadie que la quisiera le hubiera hecho eso», insiste Lucía.
La incertidumbre, la falta de información empujó a la familia Temiño a tomar la inciativa, casi a «hacer de policía». Habilitaron una línea 900 y ofrecieron una importante recompensa, de hasta 15 millones de las antiguas pesetas, a quien pudiera aportar algún dato. La propia Lucía atendía el teléfono desde su casa; recibió infinidad de llamadas, pero ninguna aportó luz al caso. Lo último que supieron es que la Policía autónoma destinó a dos agentes nuevos, que no sabían nada del homicidio y por tanto no estaban condicionados, para que revisaran el sumario «desde cero». Pero no han vuelto a tener noticias.
Según el abogado de la familia, «o fue una sola persona quien lo hizo o un grupo cerrado». «En doce años no ha habido nadie en el punto de mira del que se haya podido demostrar su implicación. Hay un asesino suelto; si fue uno se lo llevará a la tumba, pero si hubo alguien más, le rogamos que hable», animan los padres.