Domingo, 29 de abril de 2007
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SOCIEDAD

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Las normas de Serguey
Alberto Canto y Belén Pinacho han viajado en dos ocasiones a Ucrania y han conocido el horror de sus orfanatos. Sus dos hijos, Serguey y Liliane, nacieron allí
Las normas de Serguey
LA FAMILIA. Belén Pinacho acuna a Liliane mientras Serguey juega junto a su padre, Alberto. / IGOR AIZPURU
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EL RETRATO
Alberto Canto , periodista de EL CORREO de Álava, y Belén Pinacho, asesora fiscal, pasaron años de calvario mientras seguían tratamientos de fertilidad. Se decidieron a adoptar (algo que habían pensado desde siempre). Viajaron en dos ocasiones a Ucrania para adoptar a Serguey (9 años) y a Liliane (4 años), niños con grandes «carencias afectivas» y «problemas motrices y de desarrollo» a los que han ofrecido un hogar. Son una familia.

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Las normas de Serguey: 1. Hacer los deberes sin protestar y sin perder el tiempo. 2. Ducharse todos los días de entrenamiento. 3. Ayudar en casa. 4. Preparar la mochila. 5. Irse a la cama a las 9. 6. No pelear con nadie. 7. Salir a coger el pan todos los días... Debajo de este último mandato, Serguey Canto (9 años) ha escrito con apretada caligrafía «el sábado no incluido». La nota se encuentra pegada en una pared de la cocina del domicilio de los Canto Pinacho, un precioso chalet en las cercanías de Vitoria con sus árboles de sombra, sus frutales, su balancín con baldaquino, su barbacoa y su pareja de policromados enanos de jardín. Lo que van a leer es un resumen de diez años en la vida de dos personas empeñadas en ser padres. Han vencido muchos contratiempos, se han asomado a las puertas del abismo y ahora disfrutan y padecen las dichas y complicaciones de la paternidad.

En el salón, la pequeña Liliane (4 años), sigue las piruetas de La Bella, perdida entre los brazos grandes y velludos de La Bestia. Hoy también Liliane llorará cuando el monstruo se transforme en un atractivo galán. Lo hace siempre. Desde la primera vez que vio el vídeo. Belén Pinacho dice de su hija que es una «superviviente». Para corroborar semejante afirmación, se levanta y va a buscar un álbum de fotos. «Aquí tenía 17 meses: pesaba 6 kilos. Era un saco de huesos», dice. La instantánea es estremecedora, con la niña, rubia y con los ojos azules extraviados, como perdida entre la ropa nueva con que la habían vestido sus nuevos padres, demasiado pequeña bajo el gorro blanco... «Si no nos la hubiéramos traído no habría durado ni quince días».

-«¿Cómo se llamaban las hadas durmientes?», pregunta Belén.

-«Fauna... Primavera... Flora», responden los niños.

-«Y la Bella Durmiente es Aurora», apunta Liliane. La niña sube corriendo a su cuarto y baja con un montón de ropa bajo el brazo. Acto seguido se viste con el vestido amarillo de La Bella, con su diadema de pega, sus zapatos emplumados y sus guantecitos de encaje. Liliane pasea por la cocina, taconeando, y Serguey se hace un hueco junto a su padre, Alberto Canto, periodista de EL CORREO de Álava. «Siempre había dicho que yo quería adoptar... Que primero quería tener un hijo nuestro y, luego, adoptar otro. Pero perdimos el tiempo durante cuatro años con los tratamientos antes de presentar los papeles de la adopción...», se duele Belén. «Y a más edad, te dan hijos más mayores», apunta Alberto.

La pareja, con su relato espeluznante, sumerge al visitante en un mundo desconocido, burocrático y con algo de tenebroso. Hablan del Certificado de Idoneidad que expide la Diputación de Álava, de los exhaustivos interrogatorios (de aroma policial, buscando contradicciones entre los progenitores...) a que les sometieron psicólogos y especialistas antes de darles el visto bueno, de los papeles con sus ingresos, de las condiciones de su vivienda, de la verdadera voluntad de ser padres adoptivos... Unos trámites obtusos y desalentadores que ellos superaron con bien, pero que les queman todavía como una cicatriz en la memoria. Luego llegó el momento de elegir el país. Apenas había entonces asociaciones en Álava que agruparan a los padres demandantes y allanaran los obstáculos.

«Entramos 2, salimos 3»

Alberto y Belén se decidieron por adoptar en Ucrania. «Aquí no había facilitadores, así que tuvimos que viajar a Kiev, contactar allí con Victoria, una ucrania, y empezar la locura de papeles, permisos y 'propinas' en dólares a uno y otro. Una locura colectiva», resume Alberto. Pero aquello sólo sería el principio del túnel. «Llegamos a Nikopol, una ciudad minera de Ucrania de unos 300.000 habitantes. No hay ni un solo hotel. Ni un cine. Nos alojamos en un piso terrible. Dos parejas en 40 metros cuadrados. Se hacía de noche a las tres de la tarde. No vimos el asfalto. La temperatura era de 22 grados bajo cero... En la capital, Kiev, ya habíamos visto el catálogo de los posibles candidatos. Nosotros escogimos a Serguey. El niño tenía entonces dos años recién cumplidos», recuerda Alberto Canto.

Un buen día recibieron el salvoconducto y el permiso para acudir a conocer a su futuro hijo. Ese día temblaron, pero no precisamente de frío. «Le vimos en una habitación de la casa cuna, en brazos de una doctora que era para los niños como una verdadera madre. El flash fue mundial, tremendo», revive la escena Belén. Serguey, vestido con su chándal de los Corazonistas, es un chaval rubio y muy guapo, de papos rosados y aspecto indiscutiblemente caucásico, abrazado y sentado sobre el muslo de su padre. «Habíamos pasado dos noches sin dormir, así que cuando me lo dieron casi sufrí un ataque de ansiedad. Teníamos los papeles de la sentencia de adopción en la mano. Entramos dos y salimos tres... Te da un vuelco el corazón. Es a la vez un momento horroroso y feliz. Se mezclan la felicidad y el temor», dice Belén. Habían pasado 23 días en Ucrania y volvían a Vitoria como una familia casi completa, con Serguey ya inscrito en el Libro de Familia como hijo de la pareja y con un juego flamante de pasaportes, uno ucranio y otro español. Fue un 22 de diciembre. «En el avión de Madrid coincidimos con Mario Onaindía. Serguey no paró de llorar en todo el vuelo. Mario repetía '¿cómo puede gritar tanto un crío... ! Pero a nosotros nos había tocado el niño, la lotería, todo...»

-«Como pareja fue el final de un proceso muy duro, muy doloroso», dicen recordando los tratamientos de fertilidad.

Viaje a Novovolinsk

Serguey sigue la conversación y el relato de la historia como si oyera llover. Sabe desde el primer momento que es hijo adoptivo, «una forma de ser hijo nuestro...». «Cuando llegué a esta casa, ama preparó una tortilla de patatas y me la comí toda», interviene el pequeño. Aquellos fueron meses de emoción, visitas, abuelos, pediatras y regalos. Pero la lucecita de la adopción seguía alumbrando en el hogar de los Canto.

«Nosotros queríamos el segundo... Y esta vez -rememora Belén- si encontrábamos una pareja de hermanos pensábamos traernos a los dos. El proceso de idoneidad fue esta vez más sencillo... Pero tuvimos que ir a un lugar horroroso, Novovolinsk, una ciudad superpobre junto a la frontera de Polonia, de unos 200.000 habitantes. Fue como meternos en un túnel del tiempo. Un hotel con cucarachas y un orfanato a la vieja usanza, desvencijado, con muchos gritos a los niños y con sopa de pan como única comida. Vimos a Liliane. Tenía muy mal aspecto. Nos dijeron que podía tener parálisis cerebral...».

-¿Y no pensaron en adoptar a otro niño?

-No, el destino es el destino y esa niña era nuestra.

Le ofrecieron dos galletas, la cogieron en brazos, entre lloros. «Y de parálisis, nada. Lo que tenía era más hambre que el perro de un molinero», sonríe Alberto. Tuvieron que untar a algunos funcionarios y comprar la 'libertad' de la niña con un televisor. «También vaciamos la farmacia de vitaminas y compramos toda la fruta que pudimos para los niños. La situación era tremenda. No querían a los chavales... Eso saltaba a la vista. Hay amigos que nos cuentan también cosas terribles de orfanatos en Rumanía. En China han visto niñas con ataduras en las muñecas», explica Belén.

Sin querer, sin que exista una voluntad clara, con el simple discurrir de las palabras, esta pareja alavesa extiende ante el visitante un tapiz de desdichas, de orfanatos y lazaretos angustiosos donde miles de pequeños sobreviven a duras penas. Una adopción no es sólo un pasaporte para una nueva existencia sino que, en demasiadas ocasiones, es pura vida. «A Liliane tuvimos que enseñarle todo: a gatear, a andar... Le salieron todos los dientes de golpe. Era una simple cuestión de comida».

-Disculpen la pregunta, pero a estos niños ¿se les quiere como si fueran hijos propios?

-«Estamos muy orgullosos. Si los llego a parir yo no me salen tan guapos. Antes, los hijos adoptivos se escondían. Hoy creo que hemos madurado todos. Vemos niñas chinas, pero también emigrantes, personas de tez oscura en la calle», señala Belén Pinacho.

-«Me pregunta si se les puede llegar a querer igual. La respuesta es no. Seguramente se les quiere aún más, después de todo lo que has visto», remacha Alberto Canto. Serguey sube a su cuarto, donde tiene su mapa de Ucrania y sus banderolas del Dínamo de Kiev, para seguir con sus deberes tras cenar un buen plato de arroz con calamares. Antes enseña sus fotos de la Primera Comunión. Liliane, vestida de princesa, sigue el mismo camino. «Adoptar es una aventura, a ver qué encuentras... Cada vez hay más gente que va a Ucrania y vuelve sin nada porque no hay. Son niños con una carencia afectiva tremenda, con problemas psicomotrices, hiperactivos... Pero es tremendamente gratificante. Algún día nos iremos todos a conocer Ucrania», sueña Alberto.

-Y no descartamos adoptar por tercera vez... Nos gustaría que esta vez fuera en India.

j.mendez@diario-elcorreo.com

 
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