Domingo, 29 de abril de 2007
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SOCIEDAD

EL PERSONAJE

IAN MCEWAN
Piedras en los bolsillos
Piedras en los bolsillos
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BIOGRAFÍA
Nació el 21 de junio de 1948 en Aldershot. Durante su infancia vivió en Asia y el norte de África.

Estudió literatura en la Universidad de West Anglia, donde asistió a los cursos de escritura creativa de Malcom Bradbury.

Debutó en 1975 con 'Primer amor, últimos ritos', que le valió el premio Somerset Maugham. En 1998 ganó el Booker con 'Amsterdam'.

Hasta la fecha, ha publicado diez novelas, dos colecciones de relatos y dos libros infantiles. Varios de sus textos se han llevado al cine.

Está casado en segundas nupcias con la escritora Annalena McAfee. Tiene dos hijos de su primer matrimonio.

Entre sus escritores predilectos se encuentran autores como Henry James, Jane Austen y Franz Kafka. Es un apasionado de la literatura científica. Ha declarado que el biólogo E. O. Wilson es su particular «héroe intelectual».

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Ahora le ha tocado a Ian McEwan. En las últimas semanas, el inglés ha visto cómo su vida iba transformándose en la trama de una de sus novelas. Quizá esta mañana, al afeitarse, McEwan ha reconocido en el espejo a uno de sus personajes, una mezcla entre el Stephen Lewis de 'Niños en el tiempo' y el Perowne de 'Sábado': un tipo de éxito que tiene un pie en el club de tenis y otro en el vórtice del delirio contemporáneo.

Gracias a su último libro, 'On Chesil Beach', McEwan se ha convertido definitivamente en el escritor de su generación. Esta vez, los críticos se han rendido ante él de un modo unánime y si alguien planea quitarle de nuevo el premio Booker va a ser mejor que esté dispuesto a emplear la fuerza bruta.

Mientras tanto, el novelista plancha el esmoquin que utilizará este fin de semana para recibir el premio de la Common Wealth (37.000 euros y cena de gala en Delaware) y la BBC se refiere a él como «el escritor más exitoso del momento». Todo marcha: sus libros se venden, vive en el centro de Londres, en el exclusivamente bohemio barrio de 'Fitzrovia', su mujer es la directora del suplemento de libros de 'The Guardian' y sus hijos, Will y Greg, son dos jóvenes apuestos y llenos de talento.

Cuando todo va tan bien es literariamente conveniente que algo comience a funcionar mal. ¿Qué puede alterar la buena racha de McEwan? La respuesta es sencilla: el equivalente contemporáneo del 'fatum' clásico, es decir, la prensa amarilla. El escritor ya la conoce: hace unos años vio cómo su divorcio se transformaba en una noticia destacada que incluía el secuestro de los niños y algunas confidencias de alcoba.

Ahora todo ha vuelto a empezar, quizá de un modo más pintoresco. A principios de año se descubrió que el novelista tenía un hermano secreto. La historia es complicada. Antes de nacer McEwan, su madre estuvo casada con un militar. Mientras éste combatía en la Segunda Guerra Mundial, la mujer se quedó embarazada de su amante y dio al hijo en adopción. El marido murió en Normandía y la madre del escritor pudo casarse con su amante. La pareja tuvo otro hijo, Ian, al que nunca contaron que un hermano suyo vivía con otra familia en algún lugar de Inglaterra.

«Un embarazoso abrazo». Eso fue lo que Ian McEwan y su hermano Stuart se dieron al conocerse. Los tabloides celebraron el encuentro con maldad: el triunfador Ian conoce a su hermano albañil. Por un día, el rostro achinado del escritor sustituyó en las portadas al de Beckham. Los documentalistas no tuvieron que esforzarse demasiado. Les bastó con aprovechar las fotos de McEwan que ya tenían sobre la mesa. Al fin y al cabo, desde finales de 2006 venían haciéndose eco de la acusación de plagio que una estudiante de Oxford había lanzado sobre él. Decía que 'Expiación', uno de sus títulos más celebrados, fusilaba la obra de Lucilla Andrews, una autora que vendría a ser un delicado cruce entre Corín Tellado y la difunta Reina Madre.

La entrega más reciente de este particular combate entre McEwan y su propia fama, ha adoptado la forma de un puñado de piedras. A comienzos de mes, el novelista contó que, mientras escribía su último libro, tenía en su mesa unas piedras de la playa de Chesil. Fue como haber confesado que tenía en su salón una vidriera robada en la catedral de San Pablo. La pedregosa y extensísima playa de Chesil es un importante yacimiento jurásico y nadie puede tocar un solo guijarro. La multa es de dos mil libras.

El mecanismo del absurdo moderno volvió a activarse. El ayuntamiento del lugar y algunos científicos de humor pétreo pusieron el grito en el cielo. Siempre cortés y respetuoso de la legalidad mineral, McEwan se apresuró a devolver todos y cada uno de los cantos rodados. «Chesil es un lugar fantástico», declaró, quizá temeroso de que una palabra de más atrajese sobre él un nuevo castigo inverosímil. Mientras tanto, algunos periódicos reproducían un titular que habría hecho morirse de risa al mismísimo Evelyn Waugh: «¿Ian McEwan ha estado robando piedras!».

 
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