Quizá guiado por la nostalgia, en la foto que ilustra este reportaje el técnico rojiblanco relega de forma involuntaria a un segundo plano el histórico monumento y clava la mirada en las aguas del río Cadagua, evocando las zambullidas que se pegaba de pequeño con los amigos de su infancia: De la Fuente, Osante, Cabezas... «Y muchos más niños. ¿Éramos un montón!», explica, dando por sentado que lo más rico de Balmaseda «han sido y son» sus gentes. «Aprovechábamos las corrientes que se formaban en el tramo de La Peña. ¿Nos tirábamos al agua en pelotas y nos pasábamos casi todo el día nadando!».
Mané, a secas, como se le conoce en su pueblo, pudo haber posado también en la calle Correría, corazón de la villa, o la Plaza de San Severino, donde se levanta la iglesia del mismo nombre -un referente de los templos de estilo gótico - o en su rehabilitado casco antiguo, con los cantones medievales, cuyas obras parecen no tener fecha de finalización, pese a mantener el pueblo levantado y en un permanente estado de interinidad desde hace años.
Tomar la fresca
Pero no. Mané se retrató a la sombra de los tilos, a escasísimos metros de la casa en que nació. En el barrio de El Cristo. Uno de esos rincones que mantienen el aroma de las viejas tradiciones. Allí, las mujeres todavía sacan las sillas a la calle en las noches de verano a tomar la fresca. «¿Y también la mesa para jugar grandes partidas de brisca!», subraya, con una brizna de emoción, el hijo mayor de José y Gloria.
Pero, por encima de todo, El Cristo ha sido y es el barrio de los ferroviarios. La Robla instaló sus talleres de electricidad en un antiguo convento de los frailes carmelitas, a principios del siglo pasado. Su padre también se empleó en ellos: «En Balmaseda la gente trabajaba prácticamente doce horas o más al día, por eso quizá no quedaba demasiado tiempo para la cultura. Esas cosas marcan para toda la vida».
En barrios como El Cristo «y Las Tenerías», donde originariamente se instalaron artesanos, curtidores y zapateros, «se colectiviza mucho. ¿Nada nos podían robar a los vecinos porque no había nada que robar!», reflexiona con orgullo. «Todos aprendimos a ser solidarios. Quizá ahora la gente se ha vuelto más individual».
Patadas al balón
La infancia de Mané transcurrió pegada al cauce del Cadagua. «En la zona de 'Juanillo'», en un reducido palmo de terreno, los chavales sacaban sitio para jugar a todo, aunque faltara espacio. A la sombra de aquellos tilos -«lástima que hayan cortado alguno»-, los niños «jugábamos al escondite», tiraban las cañas con la esperanza de pescar alguna trucha y, por supuesto, daban las primeras patadas al balón. «Lucíamos todas las habilidades en la calle», afirma. En los Maristas, donde cursó los estudios, simplemente «iba tirando».
En aquel rincón se empezó a fraguar el Mané futbolista. Cuenta que tenía buenos espejos en los que reflejarse. «En el pueblos todos teníamos nuestros ídolos locales». Los suyos fueron Pedrito Calvo, Marro, Cartucho, Juan Luis Villa, Marcial... «De todos», recuerda, aprendió algo. Casi siempre al lado de 'Poto', su mejor amigo, fuera y dentro de los terrenos de juego. En los campos de fútbol, Mané se situaba en el centro, algo «pegado a la banda». Apuntaba buenas maneras, pero una inoportuna lesión en el empeine frenó sus aspiraciones. Sus compañeros le apodaban el 'fórmula', no por su velocidad, sino por su sencillez para imaginar y crear jugadas.
Luego, muy lejos ya de la casa de José y Gloria, hizo una brillante carrera profesional, aunque ahora tiene por delante el futuro del Athletic. Un reto a la altura del que se le plantea a Balmaseda. Si a principios del pasado siglo sus vecinos dieron «una lección de integración» acogiendo a los trabajadores que llegaron a El Cristo procedentes de distintos puntos de España, ahora confía en que la gente de otros países que «ha llegado al pueblo» eche raíces. Entonces, el Puente Viejo fue la puerta de Euskadi con Castilla y León. Pero, para Mané, el gran valor de esta villa lo constituyen sus vecinos, por encima de su indiscutible patrimonio monumental .
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