«Hasta donde nuestra información alcanza, es la primera vez que la enfermedad se diagnostica en España. Su gravedad en los países donde existe es muy importante. Se recomienda, por ello, una vigilancia especial del pino radiata y, en segundo lugar, poner atención a la sanidad de las semillas. Aunque los resultados no son muy contundentes, sí sirven para alertar sobre este punto». El Ministerio de Agricultura envió este escrito a la Diputación el 27 de septiembre de 1995 junto con los análisis de unas muestras de plantas y semillas recogidas en Vizcaya. En algunas de ellas se había encontrado el fusarium, el hongo causante del chancro de la resina, conocido como el 'cáncer del pino' por su capacidad destructiva. Sin embargo, pasaron más de diez años hasta que el problema se dio a conocer públicamente.
En 2006, el ministerio aprobó un decreto con medidas extraordinarias para la erradicación y control del hongo tras la aparición de focos a lo largo de toda la cornisa cantábrica. Esta enfermedad ataca a la especie más extendida en Vizcaya, el pino radiata, con 80.000 hectáreas que suponen el 65% de la masa forestal. En la actualidad, según el último inventario realizado por la Diputación, hay 124 hectáreas afectadas en Iurreta y Muxika. A su alrededor se han establecido zonas demarcadas y de seguridad que abarcan 4.000 hectáreas, aunque no todas son de arbolado.
Las raíces de la plaga vienen de atrás, según consta en documentos recopilados por el juntero del PP Arturo Aldecoa que permiten reconstruir los primeros casos detectados en el territorio histórico. En septiembre de 1994 se recibieron muestras de plantas jóvenes de pino radiata de un vivero de Laukiz -el de la empresa pública Oihanberri, que fue disuelta el año pasado- con las puntas de las ramas secas. La semilla procedía de Nueva Zelanda. Ante la dificultad para diagnosticar «este patógeno nuevo», se remitieron a San Sebastián y, posteriormente, al Centro de Protección Vegetal de Zaragoza. En 1995 se confirmó que se trataba del fusarium.
Los técnicos arrancaron y quemaron «el material vegetal de la parcela con síntomas», dejaron de sembrar y aplicaron tratamientos fungicidas. Además, tomaron muestras de árboles adultos procedentes del vivero en Las Encartaciones, Artxanda, Igorre y el Duranguesado «sin detectar la presencia del patógeno». En 1996, pese a todo, el fusarium volvió a aparecer en el vivero de Laukiz, en otro de Bolibar y en dos pequeñas parcelas que se habían plantado ese año en Orozko. También se diagnosticaron casos en Guipúzcoa, concretamente en semilleros de Mutriku y Bergara.
«Una mancha de aceite»
Para los expertos no era fácil seguir el rastro del hongo. El avance de la enfermedad «es como una mancha de aceite, muy lento en los primeros años», describía un informe foral en marzo de 1997. Por ello se hacía necesario «controlar la procedencia de la semilla en los últimos cuatro o cinco años». Las primeras importaciones se hicieron a partir de 1992 con semillas de Nueva Zelanda, Chile, Australia y Estados Unidos. Lo más probable, aunque no se da por seguro, es que las plantas enfermas procedieran de una semilla importada en 1994.
El documento concluye con una serie de recomendaciones técnicas y aconseja «visitar los países con experiencia en este problema para conocer la difusión de la enfermedad y medidas efectivas para su control». El apoderado Arturo Aldecoa considera que la Diputación «no ha sabido enfrentarse al problema» pese a conocerlo desde hace más de diez años. A su juicio, «tenía que haber cambiado la orientación de la política forestal en Vizcaya. Se han seguido dando subvenciones para la plantación de pino radiata, pero muchos propietarios forestales no tenían información del problema», critica.
El PP pedirá una comisión de investigación cuando las Juntas Generales reanuden su actividad para conocer los pasos que se han dado en todos estos años. La Diputación, por su parte, afirma que «hasta hace poco la analítica no era certera» para detectar la presencia del fusarium. En los noventa «había falsos positivos y falsos negativos», dice el director de Montes, Agustín Sarría. «Después se hicieron un montón de analíticas sin que volviera a aparecer».