El aeropuerto de Loiu dispone de 111 licencias de taxi, una cifra «más que suficiente para hacer frente a toda su demanda». Al menos, eso es lo que aseguran los profesionales del volante. Sin embargo, la opinión de sus usuarios dista bastante, sobre todo a partir de las once de la noche. Sólo en cuestión de media hora, se concentran «cinco, seis o incluso ocho aviones», con el inconveniente añadido de ser los vuelos con más peso de la jornada, al proceder de Madrid y Barcelona. Tirando por lo bajo, a una media de cien viajeros por aparato, las cuentas no salen. Es decir, que a los pasajeros que aterrizan a última hora en Bilbao no les queda más remedio que acoplarse a la cola del taxi o buscar vías alternativas. La espera, según pudo comprobar este periódico, puede llegar hasta los 20 minutos.
Pero todo tiene su porqué. Para los profesionales, el problema mira a las compañías aéreas por su mala distribución de vuelos. También a Aena, gestor público de la terminal dependiente de Fomento. Los taxistas achacan a sus responsables la escasa información sobre los vuelos retrasados. No tanto sobre la hora de llegada, reflejada en las pantallas, sino en el pasaje que transportan. «Si supiéramos que nos va a desbordar, seríamos los primeros en pedir refuerzos a nuestros compañeros», explica Gorka Mendieta, presidente del colectivo que aúna a los profesionales de la terminal.
El horario comercial de 'La Paloma' se extiende desde las 06.45 hasta las 23.30 horas. Sin embargo, existe un margen de operatividad que llega hasta las 01.15 horas, siempre que exista una causa justificada. Es lo que técnicamente se conoce como 'PPR', es decir, operaciones previa petición requerida. Durante el pasado ejercicio, se contabilizaron 190, una media de una cada dos días. Su número fue ostensiblemente inferior al del ejercicio anterior (289). Según explicaron fuentes de Aena y como se estipula en la guía de tarifas de 2007, las aerolíneas tienen que pagar un plus por operar entre las 23.30 y las 01.15 horas -existen tres categorías en función del tonelaje del aparato-.
En la terminal, los corrillos de taxistas son habituales. Durante buena parte de la jornada, el tiempo de espera entre carrera y carrera puede ser incluso «superior a la hora». El grueso del trabajo, donde los profesionales no dan a basto, se da a primera y última hora del día. «Las quejas -matiza Mendieta- se producen a la noche porque se junta que los viajeros vuelven cansados de la jornada laboral, el vuelo llega casi siempre con retraso... Es comprensible, pero también hay que entendernos a nosotros».
Distribución de licencias
Las tendencias operativas de la terminal han cambiado en los últimos años. Fue en 2004 cuando optaron por ampliar su cierre un cuarto de hora hasta las 23.30 h. Desde entonces, las compañías apuran al máximo los límites horarios. Tanto, que no es extraño ver en las pantallas de la zona de llegadas cómo en cuestión de diez minutos -sobre todo en este cuarto de hora añadido-, está programado el aterrizaje de cuatro vuelos. Además, una de las prácticas habituales de las compañías es agrupar el pasaje de un par de vuelos para no movilizar dos aviones semivacíos. «Lo más sencillo es echarnos la culpa a nosotros, a los débiles. ¿Y las compañías? Ellas son las que complican nuestro trabajo», critica José Luis, taxista.
El sistema de distribución de las licencias del aeropuerto -aún vigente- fue acordado por la Diputación a finales de 2000. De esta forma, se estableció que siempre tiene que haber 111 turismos en la terminal. De ellos, 61 pertenecen a Sondika -emplazamiento de la vieja terminal-, 29 a Bilbao y los restantes se reparten entre Barakaldo, Portugalete, Erandio, Basauri o Leioa. En total, catorce municipios.
Según explican los propios trabajadores, no existe una regulación específica. Por ejemplo, no hay un turno de mañana o de tarde. Pese a todo, aseguran que están al volante «15 horas diarias». Además, el trabajo está muy distanciado ya que deben estar a primera y última hora de la jornada, «que es cuando hay más demanda». Así, a media mañana o por la tarde, la fila de taxis casi sale del recinto aeroportuario.
Cuando se les traslada el sentir general de que «si faltan taxis, que pongan más», reaccionan al segundo para zanjar que esa no es la solución. «¿Y en Bilbao? ¿Qué ocurre cuando la gente sale del bingo o de San Mamés? Mira, son las once menos veinte de la noche y estamos de brazos cruzados más de cien personas. Entonces, ¿quién nos paga las horas muertas que nos tiramos en la terminal durante todo el día?», apostillan.
Llegadas las once, la actividad no cesa. Aparcan, cargan. Mientras, la fila de clientes sigue aumentando. Aparcan, cargan. Sólo una hora después, la cola de usuarios da paso a una interminable de taxis.