DE CUANDO EN CUANDO OLMO El diccionario define la cortesía como un acto en el que se demuestra la atención, respeto o afecto hacia otra persona. Creo que la definición (como todas las del diccionario salvo muy escasas excepciones) es exacta y encaja perfectamente en el tipo de cortesía que voy a tratar en este comentario.
Se refiere al hecho de que en un transporte colectivo, un viajero o viajera que está sentado, ceda su asiento a alguien que vaya de pie y que lo necesite por su edad (el sexo ya no cuenta) o por sus condiciones físicas. En el metro, que es el medio de locomoción que yo utilizo, esto de la cortesía suena a músicas celestiales, porque en mis largos años de cliente sólo he visto practicar la cortesía unas dos o tres veces. En el autobús urbano o interurbano no sabía lo que pasaba, pero me acabo de enterar gracias a mi buen amigo y tocayo Luis Miranda que además de tocayo y amigo es un excelente pintor. Y al decir pintor no me refiero a la brocha gorda, sino más bien al pincel fino con el que mi amigo realiza magníficos cuadros al óleo. Y terminado el renglón del jaboneo (por supuesto sincero) vayámonos al autobús, donde vamos a encontrar un detalle curioso y significativo.
Mi amigo Luis es como yo un veterano deportista, y como yo ha tenido también sus problemas con la rodilla. Yo me libré sin operaciones, pero él ha tenido que pasar por el quirófano y se preguntarán ustedes qué diantre tiene esto que ver con la cortesía. No se impacienten, que ahora llegamos a ello porque mi amigo, como consecuencia de su operación y de su convalecencia, usa unas muletas y todos los días tiene que coger el autobús para ir al fisioterapeuta.
Y me lo contaba hace un par de días, porque ha comprobado con una mezcla de extrañeza, asombro y rubor, que cada vez que sube al autobús con su muleta y todos los asientos están ocupados, surge el gesto de cortesía y alguien le cede su asiento. Pero...(aquí viene el curioso pero) todas las veces que le han cedido el asiento lo ha hecho una mujer. Jamás (y mi amigo subraya el adverbio) jamás un hombre ha tenido el gesto de cederle su sitio. Lo que se hace público para orgullo del género femenino y afrenta del masculino. como dice la frase popular y dice bien, que cada palo aguante su vela y aquí nos toca a los hombres aguantar el cirio del desprestigio.