DE CUANDO EN CUANDO OLMO En el mundo del arte moderno nunca esta uno vacunado contra las sorpresas. Cuando acaba de ver una que le asombra, surge otra que la supera y así, sucesivamente. Pero antes de seguir adelante y para evitar suspicacias, quiero hacer constar que yo no divido el arte en clásico y moderno, sino en bueno y en malo. Artistas excelentes los hubo en el arte clásico y los hay también en el arte moderno y en el surrealista. Mi buen y recordado amigo el pintor bilbaíno Pepe Barceló, fue un artista que dominaba el color y el dibujo y cultivó también este tipo de pintura moderna y aun surrealista y muchos de sus cuadros me emocionaban.
Lo que no me emociona es ver un por ejemplo (como lo he visto en museos y salas de exposición) un tablero pintado de azul o un redondel manchado de negro. Pero aún entiendo menos que haya quien aplauda y admire estas 'genialidades' y llegue a pagar por ellas verdaderas millonadas. Y así hemos llegado al tema de mi comentario de hoy, que se refiere precisamente a la admiración, y sobre todo a las millonadas que se pagan por esas obras chiripitifláuticas, adjetivo este que no tiene traducción y que no está incluido en el diccionario, pero que se entiende perfectamente.
En este capítulo de las obras chiripitifláuticas incluyo yo (teoría personal discutible pero también respetable) el cuadro de un tal Rothko que se ha vendido en la galería de subastas Shoteby`s de Nueva York por 54 millones de euros (casi 9.000 millones de pesetas, toma canela Manuela), batiendo el récord de tela marinera pagada por una obra moderna en una subasta (chúpate esa mandarina Severina).
Ustedes pudieron leer y ver esta noticia en nuestro común periódico, que incluía en la información la fotografía a color de tan maravillosa obra de arte, que da la impresión de estar pintada a brocha gorda y consta sólo de tres colores, blanco, amarillo y violeta. Es decir... miento. Si he de ser escrupulosamente verídico, he de hacer constar que tiene otro detalle artístico más; una raya negra horizontal.
A mí me parece bien que el señor Rothko pinte a brocha gorda. El que hace lo que puede no está obligado a más. Lo que no entiendo es que haya quien suelte uno tras otro nueve mil millones de pesetas por ese tablero. Pero como decía el famoso torero cordobés «hay gente pá tó».