Lo dicen los científicos: el calentamiento global es un hecho y el responsable es el hombre. La indolencia medioambiental, que tiene su máxima expresión en el cambio climático, tiñe de negro los horizontes futuros. Para el final del siglo, y si la invasiva actitud humana con la Naturaleza sigue en los parámetros actuales, los expertos vaticinan que la temperatura media del planeta subirá entre 2 y 4 grados; se incrementarán los huracanes y las tormentas y cambiarán los ciclos del agua; subirá el nivel del mar y las lluvias torrenciales se intensificarán en cadencia e intensidad. En resumen, la física del clima tal y como la conocemos hoy en día desaparecerá para siempre.
Una de las consecuencias de esta hipotética transformación climática son las inundaciones. Bilbao ya conoce la fuerza con la que golpea la ría cuando crece su volumen acuático, un caudal que se desbocó en agosto de 1983 para segar 50 vidas y provocar unas pérdidas por valor de más de 900 millones de euros -según sostiene el Gobierno vasco en un reciente estudio-. ¿Y si ocurre de nuevo? Es decir, ¿qué pasaría si el actual nivel del Nervión subiera medio metro por culpa del cambio climático y, además, se viera agigantado por las lluvias torrenciales? Según apunta Iñaki Antigüedad, catedrático de Hidrología de la UPV, «aumentaría el riesgo del desbordamiento de la ría y el Casco Viejo se llevaría la peor parte». El Consistorio lo sabe. Tanto es así que en estos momentos se está trabajando en la actualización del Plan de Emergencias Municipal.
No es ningún secreto que existen varias partes de la villa que encajan en lo que los expertos llaman «manchas de inundabilidad». Se han confeccionado mapas que catalogan a La Peña, el Casco Viejo, el área del Ayuntamiento, Abandoibarra y Zorrozaurre como las superficies más vulnerables ante una hipotética riada. Es más, el Gobierno autonómico cuenta con un 'Plan especial de emergencias ante el riesgo de inundaciones en el País Vasco' -fechado en 1999- en el que especifica que «Bilbao y los núcleos próximos ribereños del Nervión y la ría desde aguas abajo de Basauri hasta su desembocadura en el Abra» se engloban en la categoría de «zonas de riesgo histórico alto». El Ejecutivo «está trabajando en estos momentos» en la mejora de varios puntos negros de inundabilidad en la capital vizcaína. La soluciones, como ya es sabido, pasan por la apertura del canal de Deusto, la colocación de un desagüe subterráneo de más de cuatro kilómetros de longitud y la ejecución de varios dragados en puntos conflictivos.
En un escenario proyectado hasta el año 2080, un reciente informe del Gobierno vasco alerta de que las pérdidas ocasionadas por una riada derivada del cambio climático podrían alcanzar los 440 millones de euros, un costo elevadísimo si se tiene en cuenta que el presupuesto anual del Ayuntamiento de Bilbao es de 535 millones. «El problema tiene nombres y apellidos y se llama la ordenación del territorio», reflexiona Antigüedad. El experto considera que los daños «no tienen nada que ver con el clima» sino con el «mal uso del suelo». «Lo que nos dice este estudio es que habrá más costes porque se seguirá edificando a pesar de los peligros que conlleva el calentamiento global».
Zonas sin edificar
El catedrático de Hidrología de la UPV, que considera que las futuras riadas «serán más graves», opina que el nivel del mar podría subir hasta 59 centímetros a finales del siglo y que esta circunstancia «tendría un impacto en la ría». A continuación, dibuja un escenario de posibilidades: «Si el Nervión se eleva medio metro y, además, esto coincide con las lluvias torrenciales -se prevé que sean más frecuentes e intensas-, la ciudad no estará segura ante una posible inundación». Para solucionarlo, el hidrólogo propone la confección de un mapa de zonas que «ni se pueden tocar» y «menos edificar en ellas». «Hay que dejar sitio a los espacios de libertad fluvial». El propio Ibon Areso, presidente del Consorcio de Aguas, ha reconocido en un artículo publicado en la revista 'Gremios' que «Bilbao no está a salvo» de una catástrofe como la vivida en 1983.
De acuerdo con el plan especial de emergencias, la villa soporta una media de 39 riadas cada 500 años. La mayor parte de ellas, un 44%, tiene lugar en los meses de mayo, junio y septiembre. Si mañana se produjera la misma situación vivida en 1983, analiza Iñaki Antigüedad, ocurrirían tres cosas: «Habría inundaciones y desprendimientos; soportaríamos muchas menos muertes -la tecnología ha avanzado y se podría advertir a la población de lo que se avecina-; y las pérdidas económicas serían mucho mayores. ¿Por qué? Porque en los sitios en los que antes no había nada figuran ahora inmuebles y zonas industrializadas. Hay que hacer un uso más responsable del suelo».