Gonzalo es un amigo mío al que yo suelo tener a menudo en cuenta porque padece una especie de disnea, y cuando lee mis comentarios, se atraganta con los párrafos largos. Por eso, y en atención a él, suelo hacer mis párrafos más bien cortos para que pueda leerlos con tranquilidad.
Gonzalo fue el que me habló de una calle de Las Arenas, a la que con un punto de exageración, llaman, o llamaban el callejón de las pulmonías, porque iba a desembocar en el paseo de la ría y corría por ella un viento frío capaz de producir en el viandante al menos un buen romadizo, que es el nombre correcto de lo que llamamos vulgarmente constipado.
Me acordé de mi amigo Gustavo y de su callejón, cuando iba a sacar mi bono de jubilado en las máquinas expendedoras de la estación de San Ignacio (salida a la plaza de Levante), que es el habitual punto donde cojo diariamente el metro. Como necesitaba un bono de repuesto, me dirigí a la expendedora, pero tuve que desistir rápidamente y fue entonces cuando me acordé de mi amigo Gonzalo.
Me acordé de él, porque las máquinas expendedoras de billetes y bonos de dicha estación están colocadas de tal forma que quedan en el centro de una corriente frío o fresco, que se forma entre las dos escaleras de entrada y que muchos días convierte la operación de obtener billete exponiéndose a un resfriado.
Y el viajero que necesita sacar allí su billete tiene que hacerlo esos días en medio de una desagradable corriente de aire, que si le coge en horas de defensas biológicas bajas (sobre todo en invierno), puede producirle algún trastorno respiratorio, dependiendo del tiempo que tarde en obtener su billete expuesto a la acción de la corriente de aire.
Yo entendería este emplazamiento si no hubiese otro lugar en la estación para colocar las máquinas. Si no lo entiendo, es porque existe otro lugar perfecto, un muro lateral al abrigo de las corrientes de aire, sobre todo las invernales. Se lo hice saber a uno de los empleados, pero me contestó que así ha sido diseñada la estación. La explicación me pareció divertida, por no decir chiripitifláutica. Porque es evidente que el diseñador no se preocupó ni poco ni mucho de la salud o al menos de la comodidad de los usuarios.