Jueves, 7 de junio de 2007
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CULTURA

TOROS
Morante se rompe en la Beneficencia
Morante se rompe en la Beneficencia
MORANTE de la Puebla es golpeado por el quinto astado. / EFE
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MADRID
Seis toros de distintas ganaderías. Primero, de Gavira. Segundo y quinto, de Román Sorando. Tercero, de Ana María Bohórquez. Cuarto, de Rosario Osborne. Sexto, de Núñez del Cuvillo.

Morante de la Puebla actuó como único espada. Ovación tras un aviso, leves pitos, protestas, volteado por el quinto, que mató el sobresaliente Alejandro Castro; y oreja tras un aviso.

Las Ventas. Corrida de la Beneficencia. El Rey, en el Palco.

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Casi un cuarto de hora estuvo interrumpida la corrida de la Beneficencia que Morante mataba como único espada. Entre el arrastre del quinto y la suelta del sexto. El quinto cogió a Morante. En los medios se hallaba abierto el torero cuando estaba a punto de resolverse la faena. Un exceso de confianza. El toro se le metió bajo el vuelo de la muleta y le puso el pitón izquierdo en el vientre pero sin hacer presa. Al perder pie hacia atrás Morante, el toro se lo echó a los lomos, lo volteó y pisoteó. Le perdonó la vida. Lo soltó. No hubo impresión de cornada. La paliza la vio cualquiera. Se llevaron a Morante a la enfermería. De una estocada a paso de banderillas se deshizo del toro del entuerto Alejandro Castro, primero de los dos sobresalientes.

Y comenzó a correr un cuarto de hora bastante largo. No dio el palco suelta al toro y al fin se avisó que Morante iba a volver a «los ruedos» (sic) de manera inmediata. Era casi garantía de que no había cornada. No fue inmediata la vuelta, sino que se llevó el tiempo reglamentario del primer aviso para una faena: diez minutos. Entonces se avisó de que al torero lo estaban «vistiendo» y que ya. Impaciencia. Mucho antes del cuarto de hora de la atención de los médicos y de la recomposición. Un puntazo corrido en la espina iliaca, una herida en la ceja.

La mosqueada impaciencia estuvo castigando a Morante desde el segundo: por no haber redondeado con el encastado y algo frágil y distraído toro que abrió función; por haber dejado que se rompiera más de la cuenta en el caballo el segundo; porque con el tercero, bondadoso, frío y paradito, Morante no se descaró ni hizo amago; por abusar de torear o no torear al hilo del pitón con un cuarto que también se llevó de primer puyazo severísimo castigo; y, en fin, porque la faena del toro que lo cogió había tomado oscura deriva en el momento de la cogida. Morante no se había roto con ningún toro. Ninguno de ellos se había del todo prestado.

Siete fueron las verónicas en el recibo en el primero. Tres y la media de remate en un quite de caro capricho. A pies juntos intentó cuajar de salida Morante al de Ana María Bohórquez que volvió contrario y no se empleó. Apenas lo intentó con el de Osborne. Pero se desbordó en seis verónicas de saludo al quinto, que, de tanto humillar, se llevó la señal de cal de las rayas en hocico y mejilla. Como era toro codicioso, Morante quitó por chicuelinas que abrochó con media empalagosa. Pródigo Morante con el capote, aunque, como lidiador y en los lances de pura brega, no acertara sino rara vez. Estaba empeñado en dejar al toro en suerte para varas con lances de antiguas estampas.

Había muchos que acaban de ver San Isidro completo, y alguna que otra memorable faena. La comparación era inevitable. De ella salía malparada cualquiera. Ligeramente frustradas por varias razones. No un naufragio, pero casi.

Bravo el toro de Cuvillo. En la línea de su veta Osborne. Ni una vez protestó ni se negó. Dos amagos de escarbar. Sólo eso. Bravo y bueno, fijo, noble, claro, templado y guerrero. Árnica fue para Morante, que debía estar enterado de con qué nota venía el toro. Lo cuajó con el capote. Soberbios los ocho o nueve lances del recibo con el toro venido ya a los vuelos. Todavía mejores tres verónicas empastadas de un quite refinado. Tres pares de banderillas que sorprendieron. Sobre todo un tercero por los adentros con gracia gallista. Pero Morante se iba con el cuerpo en el dibujo casi todas las veces. Caligráficos fueron los grandes golpes. Se vio al torero vaciarse, expresarse, explayarse. Se volcó la gente. La impaciencia revoloteaba, en los paseos para idear estrategias, en los muletazos colapsados. Pudo con las reticencias el brillo de Morante. Y el que no pudo fue él con la espada: una estocada, sólo una oreja. De las que no se olvidan.

 
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