Encerrar a un menor de edad, ya sea de manera permanente, los fines de semana o sólo durante la noche, es la respuesta más agresiva a un comportamiento conflictivo del chaval. En palabras de Azkarraga, se trata de una alternativa «meramente aflictiva y nada formativa». Pese a ello, durante el año pasado el número de internamientos ha vivido el mayor incremento del último lustro: durante 2006 se adoptó esta medida en 186 casos, frente a los 137 de 2005. Es decir, un 35% más.
¿Responderá esta tendencia a que los adolescentes cometen ahora delitos más graves? En Justicia dicen desconocer la causa, pero rechazan esa hipótesis. Etxebarria apunta hacia otra posibilidad. «La sensación es que se trata de chicos con problemas de inserción social, sin familia que se haga cargo de ellos». En este tipo de supuestos, la autoridad judicial optaría por el internamiento no sólo como pena por el delito, que debe de ser grave, sino por alejar al menor de un entorno conflictivo.