Viernes, 15 de junio de 2007
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Prueba superflua
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Quedan ya bastante lejos los tiempos en que el Ángel Exterminador era metáfora de la selectividad que esperaba con su guadaña a los confiados adolescentes que acababan de superar el COU. La tragedia al repetirse acaba convertida en farsa, como dijo Marx que dijo Hegel, poco más o menos. Especialmente, si los alumnos comprueban año tras año que no es para tanto. Esta vez han superado las pruebas el 95,54% de los alumnos, lo que viene a demostrar, una de dos: que nuestro sistema educativo roza la excelencia o que estamos ante una prueba perfectamente prescindible. Está a punto de acuñarse el dicho: «Ser más tonto que Abundio, que se presentó al examen de selectividad y pencó».

No parece que se trate de lo primero. El informe Pisa 2003 nos colocaba en los puestos de cola de la UE en cuanto al fracaso escolar. O tal vez deberíamos decir en los de cabeza. En días como éstos, los profesores encargados de corregir las pruebas tienden a sufrir arrebatos de melancolía. También los hay que desarrollan un sentido práctico y hacen copias de los exámenes para publicar antologías del disparate. Asomarse al interior del ser humano, es lo que tiene, que amenaza espanto, por el miedo a encontrarse con el horror o con el vacío. Yo tenía un amigo cura que sentía pánico cuando le tocaba confesión: «No te puedes hacer ni idea de las tonterías que dice la gente en el confesionario. ¿Y lo mal que las cuenta!». Corregir exámenes o confesar a la gente es tarea que recuerda al admirable 'Nosferatu' de Werner Herzog: «Mi querido Jonathan Harper, no sabe lo que es esta condena de repetir día a día, durante siglos, las mismas tristes, banales experiencias».

Muchos profesores se lamentan del nivel con que llegan a la Universidad los jóvenes mejor preparados de la historia. Los optimistas dicen que no es para tanto. En realidad, sólo tienen dos problemas: uno con la lectura y otro con la escritura. Muy pocos alumnos de un colegio de Vizcaya, de cuyo nombre no quiere acordarse la profesora que lo contaba, entendió un artículo de Arturo Pérez Reverte en las recientes pruebas de selectividad, lo cual es una señal de lo que nos depara el futuro: los columnistas deberíamos reconvertirnos en dibujantes de historietas, eso sí, que sean mudas.

 
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