En el mismo origen del fútbol ya había una disputa entre valores y comercio. Cuando se crearon en la Universidad de Cambridge, en el año revolucionario de 1848, unas reglas del juego surgido en el colegio de rugby, en las que se limitó el 'hacking', o placaje, y se creó el embrión del portero, los tradicionalistas se alarmaron.
Porque lo que se pretendía era crear unas nuevas normas comunes para competir, que posteriormente fueron adoptadas por una asociación de clubes. De ahí -de las reglas de aquella 'association'- viene el nombre de 'soccer', con el que aún se conoce el juego en Inglaterra y particularmente en Estados Unidos.
La competición era anatema para los partidarios del juego como mero disfrute y entretenimiento, que mantuvieron, con el rugby a quince, el espíritu aficionado hasta los años noventa. También se escindieron, porque, en las regiones fabriles del norte, no les importaba tanto pagar o cobrar por el juego, el rugby a trece.
Nada más comenzar, con una Copa, la competición del fútbol, se desató la polémica, porque algunos equipos contrataban a profesionales, que solían llegar de Escocia. Se llegó a un acuerdo para mantener cierta igualdad en la competición. Se limitó el precio de los jugadores y sus salarios.
Aún en los años setenta, los grandes clubes ingleses sólo podían pagar un salario máximo a sus futbolistas. Y sólo en los noventa se rompió la Liga y la obligación de repartir recursos entre las cuatro categorías. Los grandes clubes se separaron del resto para formar la Premier, que se ha convertido en un gran negocio.
Queridísimos esclavos
A los nuestros les llegó todo eso más tarde. Hubo bonhomía entre extranjeros y locales en el primer partido, 'partida' decía la crónica de 'El Nervión', en Lamiaco, pero, días después del primero entre el Athletic y la Real, en Ondarreta, en 1909, ya se celebró un reto entre vascos y extranjeros de ambos equipos. Ganaron los vascos, 3-0.
Y la emergencia del profesionalismo arrojó al abismo a los equipos vascos más modestos que jugaron en la primera Liga española, el Baracaldo y el Arenas, el Sporting y el Racing, ambos de Irún. Los triunfos del Athletic y las aventuras más modestas de la Real quizás reflejaron en años posteriores las diferencias entre la gran y la pequeña ciudad, entre sus bases de reclutamiento.
Un episodio crucial en la evolución del fútbol sucedió en el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, en Luxemburgo, el 15 de diciembre de 1995. Los grandes acontecimientos suelen ser precedidos de presagios y portentos y aquel día también ocurrió: había una insólita huelga de funcionarios en el Gran Ducado.
A pesar de ello, el tribunal logró publicar su sentencia favorable a la demanda interpuesta por Jean Marc Bosman contra un club de fútbol belga, el Lieja, y contra la Unión Europea de Asociaciones de Fútbol, cuya conducta y cuyas reglas le habían impedido aceptar una oferta de un club francés, el Dunquerque. Diez años antes, un ministro de Trabajo, Joaquín Almunia, presunto seguidor del Athletic, ya había eliminado de la legislación española la pieza fundamental para que tuviese éxito en el campo la filosofía de los clubes vascos -en el caso de la Real, recuperada tras algún desvarío en los años sesenta-, el fútbol de cantera.
Los partidarios del todo tiempo pasado fue mejor debieran recordar que el orgullo de Athletic y Real por las victorias de sus equipos formados con gente de casa se basó durante décadas en el tratamiento de los futbolistas como seres con menos derechos que los demás, sometidos a una cláusula de retención al antojo de su club.
Cambiar su filosofía
La igualdad de derechos laborales y la libertad comercial rompieron las compuertas y Athletic y Real han adoptado políticas diferentes para no ser arrollados por las aguas. Otras dos fuerzas empujaban hacia lo inevitable: la extinción del 'baby-boom', con una dramática reducción de la base demográfica de la cantera, y la emergencia de una cultura de ocio en la que el fútbol, el balón, ya no es nuestro único juguete.
La Real creyó que tenía que cambiar su filosofía para mantener la categoría y fichó, primero, ingleses, que nos caen tan bien. Y, tras unos años de política racista, en la que podía ser 'txuri-urdin' todo aquel que no fuese español, se rindió al fin a los encantos de un asturiano, Sergio Boris, en 2002.
El Athletic expandió su política para aspirar a ser el club de todos los vascos, actuando ya como declarado depredador de las canteras de los demás clubes del lugar, entendiendo lugar en un sentido amplio. Es una política que además de crear rencor en los otros encarece el mercado de sus futbolistas de manera exponencial.
Y todo eso nos lleva a la Segunda División y al 'caso Zubiaurre'. A Segunda División porque la política de la Real depende de los ciclos de cantera como de la cualificación gestora de sus directivos, que no pasa el examen. La Real ha actuado en los últimos años como un club propenso al pánico, a la incoherencia y al desorden. No es probable que la Real se sumerja en el olvido. El fútbol de hoy depende en buena medida de los presupuestos y el club de San Sebastián puede tener esperanzas razonables de que los tribunales llenen sus arcas si dejan de jugar a agentes y a fijar el precio correcto de los futbolistas. El contrato, su señoría, el contrato.
En algún momento, un tribunal quizás fallará que el Athletic debe pagar a la Real 30 millones de euros por Iban Zubiaurre. Y la ansiedad de ayer, las primas, el rencor y la hermandad, y el descenso, se recordarán como otro episodio en la constante ascensión del libre comercio hacia la luz ya macilenta del Olimpo.