Una de las causas alegadas para el nacimiento de la nueva formación está en la dificultad que las corrientes internas encuentran para hacerse oír dentro de los grandes partidos. En este sentido, es indudable que la contestación o la inquietud que la gestión de Rodríguez Zapatero ha ido generando entre los propios socialistas no ha atenuado el empeño voluntarista de su secretario general y presidente del Gobierno en su impulso a las reformas autonómicas y en la conducción del mal llamado proceso de paz. Pero las carencias de democracia interna que muestran los partidos difícilmente pueden sostener, por sí solas, la creación de formaciones alternativas.
Los promotores de la nueva sigla ubican su iniciativa dentro del campo del centro-izquierda. Pero el hecho de que basen sus críticas hacia la política gubernamental en la defensa de la integridad territorial y en el objetivo de derrotar a ETA convierte en una incógnita qué efectos puede tener su concurrencia electoral en el resultado que obtengan los demás partidos, sin exclusión. Como es lógico, el PP se ha apresurado a describir la iniciativa como efecto y causa de la erosión del PSOE, mientras que éste intenta restar importancia al anuncio dirigiendo su foco hacia la esperada salida de Rosa Díez. Pero de la misma forma que resulta muy dificultoso para una nueva formación obtener escaños, ni socialistas ni populares pueden sentirse a salvo de la merma de votos que podría representar para ellos la nueva opción electoral. Conviene recordar que aún hoy, diez meses después de las autonómicas catalanas, continúa siendo motivo de especulación de dónde salieron los electores que secundaron a Ciutadans.






