Es posible que los propios métodos de enseñanza y la apreciable protección que en todos los órdenes perciben los niños españoles les lleven a esperar de los escritos, pero también de las palabras que escuchan de boca de sus padres y profesores, indicaciones muy precisas y ultimadas. Además, puede ser que las nuevas destrezas y las nuevas manifestaciones del conocimiento que los más jóvenes asimilan con naturalidad por su inmersión en un mundo visual y tecnificado, aun ampliando sustancialmente los datos de que disponen y su actitud comunicadora, tampoco deriven tan fácilmente en una mejora del rendimiento académico o profesional. Por un lado, porque pertenecen a ámbitos distanciados, incluso antitéticos, en la vivencia de los jóvenes. Pero también porque el sistema educativo no ha sido todavía capaz de integrarlas en su justa medida, y sigue considerándolas expresiones del ocio que entrañan riesgos adictivos. En cualquier caso, el problema estriba en que nuestros adolescentes muestran dificultades para pensar, sencillamente para pensar, cuando se les transmite un mensaje más o menos complejo por escrito o de forma oral. Pensar a partir de un texto requiere un esfuerzo que puede ser estimulado plenamente haciendo no sólo que el alumno perciba un beneficio en su conclusión, sino que además disfrute formulando y respondiendo a las preguntas que le suscite ese contenido. Para lograrlo, además de aprender a leer con soltura, es imprescindible adquirir el hábito de reflexionar críticamente, de conversar y de discutir sobre lo leído.







