Muchos detractores del canon se basan en que ese gravamen a los medios de reproducción digital indica que se presupone pirata a todo comprador de los mismos. No es ésa la cuestión. No es que paguen justos por pecadores; lo que se trata es de paliar del único modo posible, con un canon general, la gran cantidad de dinero que dejan de percibir los autores por copia ilegal de sus obras y compensarles un poco por la vía de derecho de copia privada. No es la solución idónea, ni totalmente justa, pero es la mejor que se ha encontrado mientras Internet sea esa inconmensurable biblioteca desordenada, que decía Umberto Eco, imposible de controlar legalmente.
En mi entorno de conocidos, los que más se quejan del canon son los que más piratean.
Lo que sí me parece discutible es la cuantía del canon digital que graba un CD o un DVD vírgenes. No debe de superar el precio inicial del disco. Tiene que ser proporcional al mismo.
En el caso de las obras literarias, el canon, que se limita a establecerse sobre el precio de escáners, equipos multifuncionales y fotocopiadoras, se encarga de recaudarlo CEDRO -Centro Español de Derechos Reprográficos- y redistribuirlo entre los autores en concepto de derechos de reproducción de nuestros libros. Es una muy pequeña cantidad de dinero.
El que compra un libro escrito por mí puede hacer con él lo que le dé la gana, que para eso es suyo. Prestarlo cuantas veces quiera a lectores que lo leerán gratis o dejarlo en un banco del parque para que se lo lleve el que lo encuentre. Nada que objetar. Pero el que para compensar el fotocopiarlo o ponerlo en circulación por Internet vía escáner haya un canon general sobre esas máquinas me parece lo mínimo.






