Frente a ese relato, resulta deplorable que persistan en su obsesión quienes se obstinaron en cuestionar la solvencia de la instrucción judicial del caso alimentando una delirante teoría de la conspiración y aún ayer continuaron poniendo en solfa los fundamentos de la sentencia del 11-M. La amenaza del terrorismo yihadista está demasiado presente en los países de mayoría musulmana y en las sociedades occidentales como para que la atención y la energía de la sociedad acaben dispersándose entre presunciones sin fundamento y la extensión de un manto de sospecha que afecta a las instituciones del Estado de Derecho. Las elucubraciones sobre las intenciones políticas inmediatas de sus brutales atentados o sobre sus fines últimos, que se aprovechan del carácter siempre enigmático de este tipo de terrorismo, no sólo tienden a minusvalorar su naturaleza eminentemente fanática y destructiva. Generan asimismo un nefasto desconcierto que en España ha conseguido afectar a una parte nada desdeñable de la opinión pública, lo que supone una excepción en los países democráticos que se han visto afectados por el terrorismo islamista. La amenaza yihadista resulta tan patente que precisa aunar todos los esfuerzos civiles e institucionales en una lucha sin cuartel contra la misma. Un compromiso compartido que encuentra en la memoria de los masacrados el 11 de marzo de 2004 su razón de ser más inexcusable.







