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Dialogar en Euskadi

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A la vista de cómo ha transcurrido el debate de investidura sobre la 'cuestión vasca', parece claro que Zapatero ha colocado la pelota en el tejado de Ibarretxe, al situar el diálogo y el acuerdo entre las formaciones políticas en Euskadi como requisito previo para el posterior diálogo con el Gobierno. A los motivos anteriores para oponerse a la 'hoja de ruta' definida por el lehendakari, el presidente de Gobierno tiene ahora razones añadidas, las derivadas de los resultados de las elecciones del 9-M en Euskadi, que por una parte fortalecen las posiciones de los socialistas vascos, y, por otra, debilitan las del lehendakari a causa del fuerte retroceso electoral sufrido por todas las formaciones integrantes del tripartito.

A los socialistas vascos les conviene que se extienda y se asiente en el conjunto de la sociedad la imagen que dejó de ellos la noche electoral como primera fuerza en el País Vasco. Pero también están interesados en que se prolongue en el tiempo la idea de crisis en el seno del nacionalismo. Crisis por razones internas que dificultan la adaptación a la nueva situación y crisis por la dosis de incertidumbre que genera la gestión de la propuesta del tripartito. Es obvio que quien diseñó y decidió esta 'hoja de ruta' en ningún caso había contemplado, ni siquiera con mera posibilidad teórica, el escenario electoral que dibujaron los electores vascos el nueve de marzo, al colocar al PNV tras el PSE-PSOE en el conjunto de la comunidad y en cada uno de los tres territorios.

Parece claro que en la sociedad vasca se están dando cambios de carácter estructural que no están siendo tenidos en cuenta debidamente por el llamado nacionalismo institucional. El descenso electoral continuado que se observa en los distintos comicios celebrados desde el gran triunfo de mayo de 2001 constituye un buen reflejo de esas dificultades sociales, políticas y electorales que hoy padece el nacionalismo para poder abordar con ciertas garantías la dinámica de confrontación política que conlleva, tanto en Euskadi como con el Estado, el proyecto encarnado por el lehendakari. Tiene razón Urkullu cuando señala que probablemente los errores cometidos tienen que ver con una lectura incorrecta de lo que significaban realmente, en términos políticos, los excelentes resultados de 2001.

A la vista de lo acontecido, haría bien el lehendakari en mostrar su disposición favorable a situar como prioritario y preferente el diálogo y el acuerdo entre las formaciones políticas vascas, tomando para ello la iniciativa institucional pertinente. Sería todo un ejercicio de inteligencia y de realismo político, pero también de humildad, que como es sabido es el mejor antídoto contra la obstinación. Sería bueno que el PNV le tomara la palabra a Zapatero, pero sobre todo a los socialistas vascos. Sería bueno que se pusieran todos a prueba, con luz y taquígrafos, respecto de la voluntad real para el diálogo y para el acuerdo, primero, en Euskadi, y, después, con el Estado.

Un acuerdo que debería surgir necesariamente de la síntesis entre el derecho a decidir que defienden unos, y el derecho a convivir que proclaman otros. El PNV pondría así en práctica lo dispuesto en la ponencia política aprobada en su última Asamblea Nacional, donde fija su propia 'hoja de ruta', cuando establece como objetivo «la consecución de un acuerdo que sea fruto de un amplio consenso entre las formaciones políticas y de las instituciones de Euskadi y el Estado».

x.gurrutxaga@diario-elcorreo.com

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