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Diez años de paz en Ulster
JESÚS FERRERO
El pasado día 10 se cumplieron diez años de la firma de los Acuerdos de Stormont, en virtud de los cuales los ciudadanos de Ulster han vivido una década sin atentados terroristas, sin víctimas mortales y sin violencia. Cuando recuerdo el drama que percibí en un viaje que realicé a la zona en mayo de 1995, el odio entre comunidades, los muros de separación entre las mismas, la convulsión producida por miles de muertos, en definitiva, un conflicto sin horizontes de solución, pienso hoy que el logro de diez años sin violencia supone un verdadero milagro político. El proceso, como es conocido, no ha estado exento de serias dificultades que tuvieron como consecuencia la suspensión de la autonomía en varias ocasiones, siempre al borde de la ruptura, pero lo cierto es que ahí están los resultados: Diez años de paz. ¿No es sorprendente que en la actualidad dirijan un Gobierno de amplia coalición juntos el ultraconservador Ian Paisley y el antiguo miembro del IRA Martin McGuinness? Era impensable tan sólo hace muy poco tiempo

Con la perspectiva del transcurso de diez años podemos preguntarnos: ¿Cómo lo consiguieron? ¿Cuáles fueron los elementos decisivos que lo hicieron posible? Es preciso señalar en primer término que funcionó la teoría del desistimiento, es decir, el IRA comprobó que podía seguir matando, asesinando, causando destrozos, pero lo único que realmente habían conseguido, como argumentó con lucidez uno de sus dirigentes, era que cada año Gran Bretaña aumentara su presencia militar en Ulster, y, en consecuencia, constataron que el propio terrorismo se había convertido, más allá de consideraciones éticas, en un elemento negativo para la causa de la libertad de Irlanda. Es decir, con todo tipo de recelos, cautelas y desconfianzas, se abrió camino la idea de buscar el final de las armas y dar paso exclusivamente a la acción política.

La segunda cuestión que me parece necesario resaltar es que los dirigentes de Sinn Fein, especialmente Gerry Adams, interiorizaron la idea de que los conflictos complejos y enquistados en el tiempo no tienen soluciones perfectas sino todo lo contrario. De esta convicción surgió un liderazgo fraguado en la búsqueda de la paz y en un enorme pragmatismo político sobre lo que se podía conseguir y la otra parte podía firmar. Sinn Fein hizo suya la estrategia de la paz, no pretendió resolver un conflicto sino que desaparecieran las armas del debate político en Irlanda. No debió de ser fácil para Gerry Adams convencer a sus amigos del IRA, que en sus análisis internos contabilizaban los años de lucha, de cárcel y el número de muertos por la 'causa', de que al final debían admitir un acuerdo que atribuía inicialmente a Ulster menos autonomía, si tomamos como referencia España, que la que tienen nuestras diputaciones provinciales y un reconocimiento de la autodeterminación tan difuso que su realización práctica depende del criterio subjetivo del ministro de Gran Bretaña para Irlanda del Norte. Sin embargo, Adams sí tuvo un éxito considerable al conseguir en los acuerdos de Stormont una solución rápida para los presos del IRA, que sin perdones, indultos, ni condonación de penas saldrían de la cárcel en el plazo de dos años a partir de la firma de los acuerdos «si lo permiten las circunstancias», aplicando medidas de política penitenciaria y siempre bajo la condición de que no se volviera a utilizar la violencia, porque en ese supuesto reingresarían en prisión a cumplir íntegramente el resto de sus condenas.

El tercer elemento decisivo para que fuera viable el proceso y posibles los acuerdos lo constituyó la admirable sincronía y coordinación a lo largo del mismo entre Major y Blair. Colaboración ésta que se produce sin ningún documento firmado entre ambos, sino que surge de lo que se entiende por 'responsabilidad democrática', derivada de un alto sentido de Estado y del reconocimiento del apoyo que debe tener todo gobierno en la siempre difícil lucha contra el terrorismo. En pleno proceso de paz, Major perdió las elecciones y el poder. Blair culminó con acierto lo que aquél empezó, y supo hacer copartícipe del éxito a su oponente político derrotado en las urnas. Toda una lección de comportamiento leal, además de un ejercicio de confianza entre los mencionados dirigentes, insisto, sin ningún documento firmado, que se alternaron como gobierno y oposición sucesivamente durante el proceso de paz.

Si se analiza lo ocurrido durante el último 'proceso de paz' a partir del alto el fuego declarado por ETA en marzo de 2006, se podrá comprobar, para nuestra desgracia, que no se produjeron ninguno de los anteriores elementos y actitudes que han hecho posible la paz en Irlanda del Norte. A buen entendedor, pocas palabras bastan.

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