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EDITORIAL
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El presidente de la ejecutiva del PNV, Iñigo Urkullu, cerró ayer la asamblea extraordinaria de su partido con una apelación al diálogo y al acuerdo dirigida a José Luis Rodríguez Zapatero, en cuanto secretario general del PSOE, quien esta misma mañana presidirá la Fiesta de la Rosa que sus compañeros vascos celebran cada año en Euskadi. El discurso de Urkullu habría sido una expresión más -y no ciertamente la más radical- de la normal reivindicación nacionalista, si no se hubiera pronunciado el mismo día en que los medios de comunicación hacían público el documento que el lehendakari Ibarretxe acaba de remitir al presidente del Gobierno español. En efecto, nada de lo que ayer dijo el líder jeltzale va más allá de la habitual denuncia nacionalista del continuo incumplimiento estatutario y de la usual reclamación genérica de mayor autogobierno para Euskadi. Incluso la demanda de un «traje singular y de diseño propio» para el País Vasco, así como la exigencia de «profundización en el autogobierno y en la democracia, es decir, en la ampliación del poder político vasco y en la recuperación para nuestra ciudadanía de su capacidad para decidir en cada momento su futuro y el estatus jurídico-político de su nación», son reclamaciones habituales del PNV en sus manifestaciones de partido. Al fin y al cabo, se trata de reivindicaciones que están en la naturaleza misma del nacionalismo y que éste está perfectamente legitimado para plantear.

Ocurre, sin embargo, que, al coincidir con el documento del lehendakari y al darle además su apoyo explícito, las palabras de Urkullu abandonan el terreno de lo genérico para adentrarse en el de lo concreto, y se despojan de su carácter partidario para revestirse del institucional. En tal sentido, la reclamación de mayor autogobierno se convierte en advertencia de desbordamiento constitucional, y el compromiso de defender, si no hubiera acuerdo, las propias iniciativas «hasta el final» se traduce en amenaza de abierta desobediencia al ordenamiento vigente. Porque sólo como desbordamiento y desobediencia pueden interpretarse los continuos avisos del lehendakari de que, si el presidente no se aviene a aceptar su propuesta, él prescindirá de cumplir con los requisitos que impone la legalidad. Ante este doble emplazamiento, el del presidente de la ejecutiva del PNV entendido en los términos en que lo expresa el lehendakari en su documento, Rodríguez Zapatero debe ofrecer hoy a la ciudadanía vasca y española una manifestación inequívoca de su posición.

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