De hecho, una familia media española dedica ya menos de la mitad de su presupuesto doméstico a alimentarse, vestirse y hacer frente a los gastos derivados de su vivienda. Un dato elocuente si se tiene en cuenta que hace cuarenta años ocho de cada diez pesetas se dedicaban a cubrir estos requerimientos. El desarrollo vertiginoso del Estado, que ha asumido servicios fundamentales - la educación y la sanidad, entre ellos-, el incremento de los recursos económicos de la unidad familiar por la incorporación de la mujer al trabajo, y el menor tamaño de los hogares están en la base de esta profunda y acelerada transformación. Y su consecuencia es una sociedad consumista que siente satisfechas sus necesidades básicas, que ha modificado sus hábitos y sus prioridades y que cree que el ocio y el cuidado personal forman parte importante de su calidad de vida. Un retrato tipo, por supuesto, que no debe esconder la existencia de un reseñable grupo de ciudadanos desfavorecidos y que malviven en los límites de la pobreza y cuya atención debe ser prioritaria en las actuaciones institucionales. Esta nueva manera de entender la vida, menos esclava del trabajo y más ansiosa del tiempo libre, marcará de forma notable la percepción de los ciudadanos ante los tiempos críticos que se avecinan. Un modelo que, según los expertos, goza de salud, y que tendrá en el imparable aumento de la población mayor su desafío de futuro.






